hoyporhoy_2013-09-03

Afortunadamente hace tiempo se rompió la alianza entre el trono y el altar, que tanta sangre derramada y desaciertos dejó a su paso. Si bien nuestra Constitución señala que en el país la religión católica “es la de la mayoría de los panameños”, se reconoce la libre profesión de religión y ejercicio de culto.

Ese principio debe prevalecer en nuestra democracia como garantía de laicidad del Estado panameño. Porque además significa tolerancia, pluralidad y certeza de que en algo tan sensitivo como las creencias, podemos vivir en armonía en un país que es ruta y encuentro de culturas y tradiciones.

Por ello no debe darse pie para que el Gobierno nacional o las autoridades locales cedan a las intenciones de un determinado grupo para impulsar sus proyectos, o que pastores, rabinos o sacerdotes asuman cualquier manifestación de beligerancia política partidista.

Como ejemplos, recordemos la ley del mes de la Biblia, el frustrado ordinariato castrense y más reciente las gestiones por construir la estatua de una virgen en la entrada del Canal. Bien está que cada cual se ocupe de sus asuntos, y de los del templo, los que deben hacerlo.

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