EL MALCONTENTO

Las huellas de la dignidad: Paco Gómez Nadal

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La historiografía oficial nos ha dibujado siempre a indígenas y africanos esclavizados en las Américas como poblaciones victimizadas, sin voz, casi sin fuerzas para resistir la cruel acometida de conquistadores, mercachifles de carne humana y evangelizadores de cruz y espada.

Galeras silenciosas donde morir hacinados, minas donde escarbar la tierra con las uñas bajo el látigo amenazante de la Colonia o plantaciones donde el gamonal difería la autoridad brutal de la que se auto investía.

La historia escrita por los vencedores suele invisibilizar la digna resistencia de los pueblos y muestra las “concesiones” del poder colonial como gestos casi magnánimos y generosos en lugar de lo que fueron: rendiciones ante la dura resistencia de pueblos originarios y de africanos que negaban la propiedad sobre sus cuerpos que, primero, un Papa corrupto otorgó a los europeos y, después, el vergonzoso Código Negro de la bien publicitada ilustración francesa.

Ahora, un grupo de arqueólogos e historiadores occidentales se muestra orgulloso de haber encontrado restos de Santiago del Príncipe, palenque cimarrón cercano a Nombre de Dios. Dice uno de estos “expertos”, el panameño Tomás Mendizábal, que “la intención es lograr más hallazgos, aunque no creo que logremos nada extraordinario, debido a que eran personas muy pobres, pero sería importante marcar el lugar y realizar una exhibición museográfica por lo que representa para la historia y para Panamá”. Su afirmación contiene una inexactitud y un anhelo real –aunque matizable–. El mito de la academia oficial es que los pobres no dejan rastro, pero la realidad, como señala Peter Linebaugh, la invisibilidad de la historia de los africanos esclavizados, de indígenas y de rebeldes en general tiene que ver “con la represión que se desencadenó contra ellos: la violencia de la hoguera, del tajo, del cadalso y de los grilletes en la oscura bodega de un barco” y con “la violencia de la abstracción utilizada a la hora de escribir la historia y a la severidad de la historia que durante mucho tiempo ha sido cautiva del Estado-nación”.

Los cimarrones en Panamá comenzaron su rebeldía mucho antes del establecimiento de Santiago del Príncipe, en 1579. Ya Juan Bosch nos contaba cómo en 1548, “unos negros prófugos de Panamá se declararon libres y organizaron una monarquía cuyo rey era uno de ellos, de nombre Bayano”. Rastrear su gesta es difícil, pero no por su pobreza (de lo cual se podría discutir) sino por los siglos de silencio en la historia oficial trenzada en las universidades occidentales.

El anhelo del arqueólogo de una exhibición museográfica es importante, siempre que cuente con el enfoque adecuado. En España se destaca el hallazgo arqueológico recordando que Lope de Vega ya nombraba a Santiago del Príncipe como el lugar donde los cimarrones resistieron al maligno pirata inglés Francis Drake. De hecho, ve al palenque de negros liberados como una “Numancia”. Se trata de un falseamiento de la historia en el que el invasor es el británico en lugar de los españoles. Hay crónicas que muestran cómo los cimarrones ayudaron a Drake en varios de sus asaltos a las caravanas de riquezas que pasaban por la ruta de Nombre de Dios, lo cual tendría lógica porque se trataba del mismo enemigo. Pero no es eso a lo que me refiero. El planteamiento es que Panamá ya va tarde en la construcción de un museo o un centro de interpretación de su vasta y rica historia afrodescendiente, donde se dignifique el largo recorrido de resistencia de los miles de seres humanos arrancados de África como bienes muebles y que en esta tierra lucharon por su libertad y se conecte con el aporte de la comunidad afroantillana llegada como mano de obra servil durante el proyecto imperial del Canal de Panamá.

Fue en el Caribe donde se produjo el primer encuentro global de “los nadie” y donde lograron tremendos éxitos contra el opresor. Indígenas, cimarrones, marineros procedentes de la Europa invisible, piratas, mujeres prostituidas, aguadores y leñadores.... Una masa variopinta resistió, se rebeló, mantuvo zonas temporalmente autónomas (ZTA), como Santiago del Príncipe o Isla Tortuga, y tuvo su culmen en la revolución negra de Haití. Pero eso no se estudia en las escuelas.

Mientras se dedican millones de dólares a museos que loan la importancia capital del istmo en la configuración del planeta que hoy habitamos, languidece la digna historia de los pueblos originarios y de los africanos sin los que es imposible entender a Panamá ni a la región. El olvido intencional de esta historia es uno de los elementos que explica el racismo imperante en el país y la xenofobia boba que ahora se está impulsando de forma interesada. Es la información la que combate el racismo, refuerza la autoestima de los pueblos tradicionalmente excluidos y disminuye el poder magnificado de las élites criollas.

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