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El idioma y la nacionalidad: Alfredo Spiegel Calviño

Solo por pura curiosidad, prestemos atención al hablar cotidiano de estudiantes, jóvenes o adultos y comunicadores sociales. Casi todos usan extranjerismos (en escritura o lenguaje), al igual que los establecimientos comerciales, la mayoría de estos tienen nombres en idioma extranjero, principalmente en inglés, desde restaurantes, almacenes de calzado o de ropa, salones de belleza, barberías, desarrollos urbanísticos, barriadas, edificios, etc., etc. Y ni hablar de publicaciones, propagandas en prensa, radio y televisión; o de sociedades nacionales que contratan con el Gobierno y hasta textos escolares.

En la Constitución de 1941, en el artículo 10; en la de 1946, artículo 7, e igualmente en la de 1972 y reformada en 1983, se proclama que: “El castellano es el idioma oficial de la República. Es función del Estado velar por su pureza, conservación y enseñanza en todo el país”.

Se sobreentiende que los comercios que son una franquicia internacional, marcas registradas, al igual que nombres propios, técnicos o científicos, no contravienen el uso del “idioma oficial” consagrado en la Constitución. Pero ni el Estado ni sus dependencias relacionadas con educación, turismo, etc., que deberían velar por el cumplimiento de esta norma, muestran preocupación alguna y, en muchos casos, son los primeros en violar la disposición. (Recuerdan la cuña del Metro Bus, al final el dúo cantaba “don´t worry, be happy”). Sin embargo, hay que reconocer que en este mundo cibernético y globalizado existe un fuerte oleaje de extranjerismos. También debo aclarar que me encantan los idiomas y me causan admiración los políglotas, ojalá pudiéramos todos hablar dos o más idiomas.

La Ley 49 de 1941, que continúa vigente, dispone en su artículo 2 que “en ninguna oficina administrativa o judicial se le dará curso a ningún asunto que no sea presentado en idioma castellano”. Sin embargo, nos llama la atención el hecho, y ya ejerciendo soberanía total en todo el territorio nacional, en virtud de los Tratados Torrijos-Carter (redactados y firmados en español e inglés), vemos que el 1 de abril de 2002, el Convenio Alemán–Becker fue exclusivamente redactado y firmado en inglés, sin la menor objeción de las autoridades competentes (Ricardo Martinelli era el presidente de la Junta Directiva de la ACP). Sin duda alguna, esto fue una ofensa a la soberanía nacional. Posterior a su firma, el documento fue traducido al español. ¿Existe responsabilidad o sanción a sus infractores?

Pero qué nos puede extrañar, si vemos que del país, por unos dólares, reales o yuanes más, los gobiernos venden el suelo, el subsuelo, los ríos, las costas, playas, manglares y hasta la nacionalidad. ¿Dónde están los políticos y mandatarios de corte nacionalista como lo fueron Amador, Porras, Remón, Chiari, Arnulfo Arias y Omar Torrijos?

La panameñidad lo es todo, desde su música, costumbres, tradiciones, luchas e idioma, como se consagra en la Constitución; tal vez por eso, muchos esperamos y confiamos que cuando Juan Carlos Varela llegue a la Presidencia de la República en 2014, tenga siempre presente el ideario panameñista de su partido.

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