COMPROMISO

Ser ilustrado en el siglo XXI: Alberto Valdés Tola

En 1784, el filósofo alemán Immanuel Kant escribió Contestación a la pregunta: ¿Qué es la ilustración? Un breve texto que pretendía fundar las bases del pensar por uno mismo, sin la ayuda de otros tutores, como clérigos, juristas y médicos. A este pensar por uno mismo –característico de algunos pensadores del siglo de las luces (XVIII), como Montesquieu, Rousseau y Voltaire– Kant lo denominaba “ilustración” y consistía en la creencia de que la razón podría dar al traste con la superstición y la ignorancia humana. Además, de que podría llevar a la humanidad a un progreso y orden perfectos. Ideas estas que han sido el núcleo mismo del discurso de la modernidad.

Ahora bien, al inicio del presente siglo XXI, parece que el pensamiento ilustrado se empobreció o sufre una profunda involución. Lo que no solo se evidencia en el desvanecimiento de las ideologías sociopolíticas, sino en el mismo proceso de hacer ciencia por parte de los científicos sociales y humanistas actuales, que pretenden pasar por académicos ilustrados repitiendo las mismas burdas premisas socializadas y legitimadas por el mundo global. De esta manera, adoptan modas intelectuales. Ayer fue el marxismo ortodoxo, hoy los parámetros de las organizaciones internacionales, maña la posmodernidad, etc. Así, sustentan sus argumentos con alguna novedad intelectual en boga, olvidándose irónicamente de hacer ciencia.

De forma lamentable, la situación actual de las ciencias sociales ya había sido predicha, de una manera u otra, por pensadores como José Ingenieros, en su El hombre mediocre; Ortega y Gasset, en su Rebelión de las masas; y Herbert Marcuse, en su Hombre unidimensional. No porque se hayan referido específicamente a una ciencia social sin compromiso o acrítica, sino porque plantearon el advenimiento de una humanidad ambigua y perezosa, amante del hedonismo, del espectáculo y de la vida sin propósito. Consideraban que esto llevaría a la humanidad, no solo a la pérdida del pensar ilustrado, sino al desvanecimiento de la concepción ideal de mundo, como motor y destino del progreso humana. Así fundarían las bases imaginarias para el fin de la modernidad como proyecto.

De esta manera, ser ilustrado en el siglo XXI implica compromiso, no solo con la academia y la comunidad científica, sino con los mismos principios de la modernidad que exige ser críticos y reflexivos en todo momento, tener un espíritu racional, solidario y humanista, pero sobre todo, entender que el trabajo científico no es una labor espuria de pensar ociosamente la realidad social y dejarse arrastrar por todos los caprichos ideológicos del momento, sino de pronunciarse libre y abiertamente, exponiendo argumentos claros (no verborrea confusa y estéril), sustentando cada punto y reflexión con el poder y autoridad que dan las evidencias empíricas, y manteniendo en todo momento una responsabilidad sociopolítica con su comunidad y sociedad, más allá de los posibles riesgos que esta posición intelectual pueda acarrear. Solo así podremos volver a ser científicos ilustrados y, verdaderos trasformadores del mundo.

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