CASCO ANTIGUO

¿Se midió el impacto económico del viaducto marino?: Giampiero Riccio

Mucho se ha escrito y dicho sobre los impactos ambientales del controvertido proyecto de viaducto marino, al que, erróneamente, se hace referencia como cinta costera 3.

Los debates se han centrado mayormente sobre la amenaza de ser despojados de la denominación de Patrimonio Histórico de la Humanidad y en la alteración de la relación estrecha que el Casco Antiguo de Panamá ha tenido con el mar y el resto de la ciudad desde hace siglos. Sin embargo, poco o nada se ha debatido sobre los posibles impactos económicos que dicho proyecto podría tener.

El Casco Antiguo es, probablemente, uno de los activos culturales, históricos y turísticos más trascendente y conocido de este bello país. Lo que hace que sea tan importante para la nación son sus peculiares y únicas condiciones históricas y ambientales, que muchos panameños, lamentablemente, aún no conocen y aprecian. Estas condiciones son las que en las últimas dos décadas han despertado el interés de inversionistas locales y extranjeros, y han dado origen a la notable actividad económica que hoy en día se percibe en cada calle y plaza de San Felipe. Esta actividad económica se basa en unas expectativas de desarrollo social, revalorización de edificaciones y mejoramiento de infraestructuras que se habían venido consolidando a medida que avanzaba la inversión, en una suerte de profecía auto-cumplida.

Quienes defienden el viaducto marino se mofan de los que se le oponen, argumentando que se trata de “cuatro gatos” con intereses personales en el asunto. La verdad es que las numerosas manifestaciones en contra que se han realizado –por medios físicos, verbales y escritos– dan fe de que la oposición va más allá de unos cuantos trasnochados y que se trata en cambio de gente preocupada por la huella imborrable que este proyecto puede dejar. Sin embargo, es cierto que existen cuatro gatos –en sentido figurado– entre los cuales se encuentra quien suscribe, que hemos invertido en el Casco Antiguo confiados en que se mantendrían las características especiales de esta ciudadela y en que cualquier gobierno sensato del futuro tendría preocupación por preservar dichas bondades. Estos cuatro gatos tenemos razones para estar preocupados.

Quien invierte arriesga, pero lo hace en forma calculada, haciendo suposiciones que pueden ser erradas, pero que se basan en el sentido común y en la historia comparable. Desconozco el monto de la inversión privada directa que se ha hecho en San Felipe en la última década, pero estoy seguro de que no es irrelevante y que todos los modelos financieros que sirvieron para justificar esas inversiones presuponían que habría una demanda local y extranjera creciente por bienes inmuebles de características muy especiales. Los altos precios que se pagaron por fincas, restauraciones, remodelaciones, nuevas construcciones, etc. se justificaron, al ser compensados por la expectativa de igualmente mayores precios de venta/alquiler, dado que parecía evidente que las condiciones ambientales del Casco Antiguo lo permitían, por ser irrepetibles en el resto de Panamá. Ahora bien, debemos convenir en que un proyecto como el viaducto marino, independientemente de sus ventajas para el tráfico vehicular o de sus desventajas para el contexto urbano, es, sin duda, una intervención contundente, algo que dejará huella y tendrá consecuencias imborrables. En cualquier caso, el proyecto constituye un riesgo “nuevo” para los que han invertido. Es un cambio en las reglas del juego que no sabemos qué impacto podrá tener.

Se han hecho estudios de impacto ambiental sobre el viaducto marino, pero no del impacto económico que el proyecto implica. ¿Seguirá habiendo personas de todo el mundo que están dispuestas a pagar hasta un 50% más por metro cuadrado que en otras áreas de la ciudad por el mero gusto de vivir en una ciudadela que es Patrimonio Histórico de la Humanidad y disfrutar de las vistas del mar y de sus horizontes infinitos? ¿Seguirán existiendo personas que apuesten sus patrimonios invertibles en proyectos cuyo riesgo ha aumentado porque se está alterando una variable muy importante del entorno? ¿Seguirá habiendo interés turístico suficiente que justifique la existencia de los hoteles y restaurantes que se están construyendo y/o diseñando en estos momentos? Preguntas básicas, pues, que hasta ahora nadie parece haber hecho.

Cualquier proyecto de semejante impacto debió haber tomado en cuenta este tipo de consideraciones, porque de tal impacto dependerá la continuidad de inversiones privadas, empleos, crecimiento económico y –sobre todo– confianza en las reglas del juego, que tan importantes son para cualquier país.

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