INCULTURA Y DESIDIA

No sé ni me importa...: Xavier Sáez-Llorens

El circo que montan políticos y medios informativos es de antología. Hoy en día, la profesión de moda es ser analista político, “expertos” que proliferan como larvas de Aedes. Mientras la población vive bombardeada por una ramplona oferta mediática, la productividad laboral decrece de forma paralela. Entre debates anodinos, crónicas rojas, doctores en hierbas milagrosas, espacios para horóscopos, pirámides o supersticiones varias, entrevistas a personajes anárquicos de la “sociedad civil” y novelas de violencia, la programación de la TV local es francamente decepcionante. Después nos quejamos de la incultura y desidia que imperan en el entorno. Todos debemos aportar un grano de arena para depurar el tercermundismo cotidiano, aunque eso nos cueste perder amistades o popularidades. Urge que la gente estudiada, honrada y equilibrada pelee por promover una sociedad pacífica, tolerante, pensante, culta y progresista.

A los panameños independientes, no afiliados a partidos, que votamos por personas y no por colectivos, nos afecta muy poco si el Presidente decide separar a su canciller, romper una alianza o promover una segunda vuelta electoral. Son temas intrascendentes para el bienestar de la población. Lo que sí nos interesa es gozar de plena libertad, ver crecer la economía nacional, tener educación pública de calidad, aspirar a oportunidades de empleo, acceder a una salud de primer mundo, observar la disminución del costo de la vida, apreciar la reducción de impuestos o lograr un incremento salarial. A mi juicio, la posible baja del ministro Vallarino sería la pérdida más sensible de su decisión. Conviene recordar, no obstante, que no existe ningún individuo irreemplazable en este planeta. Nuestra pasantía existencial es efímera y borrada con el paso del tiempo. Como apuntaba Napoleón Bonaparte, “de imprescindibles está lleno el cementerio”.

No nos dejemos engañar. Todos los partidos practican la misma porquería ética cuando llegan al poder: corrupción, transfuguismo, compra de conciencias, clientelismo, manipulación de la justicia e impunidad. La Asamblea Nacional ha sido siempre un antro de putrefacción conductual y discusión oligofrénica.

Los líderes políticos exhiben su tradicional doble moral cuando se enfrentan a situaciones desde la perspectiva de éxito o fracaso electoral. Resulta hilarante primero y vomitivo después, escuchar a los arnulfistas hablar de traición, cuando ellos le pagaron a Arias Calderón con la misma moneda; a los del PRD denunciar tácticas maquiavélicas y sobornos de conveniencia, cuando sus miembros más antiguos fueron los gestores de tales estrategias en épocas militares. Por el ruido generado, tal parece que estamos en el preludio de una apocalipsis inminente. Nos olvidamos, empero, que actos ilícitos, disgustos sociales y “madrugonazos” parlamentarios, de similar o peor calaña, ocurrieron también en las administraciones anteriores.

La segunda vuelta electoral no me parece contraproducente desde un punto de vista meramente aritmético. Siempre es preferible para la estabilidad democrática de un país que su gobierno recién electo parta con el apoyo de más de la mitad de la ciudadanía. Numerosos países tienen este mecanismo decisorio, particularmente en lugares donde no hay un bipartidismo excesivo. Aunque en la práctica, el que sale victorioso en la primera jornada, usualmente repite después, hay varios ejemplos de lo contrario. En aras de transparencia, sin embargo, resulta conveniente que esta opción sea aprobada por vía constitucional y no por una prostituida Asamblea. Ahora bien, muchos de los actores que han rechazado la segunda vuelta tienen tan escasa credibilidad como el propio gobierno. Dudo que al PRD, a los arnulfistas y al combo de sindicalistas/gremialistas les importe la cacareada democracia. Sus únicos deseos son que las reglas del juego los mantenga con posibilidad de alcanzar el poder y saben que con segunda vuelta, las probabilidades serían más distantes.

Otra cosa que debemos tener muy clara es que por más galimatías que se venda, miembros de uno y otro partido tienen conexiones y negocios mutuos. Al final, los que nos reñimos somos los votantes comunes. Los poderosos se acomodan entre ellos en cada período gubernamental. Nuestros partidos políticos carecen de una ideología definida, son simples agencias de clientes y empleos. Eso sí, para defender o fortalecer sus posturas o argumentos de teatro, ellos esgrimen los estribillos de siempre: “si Dios está a mi lado, no me preocupan las críticas”, “solo me arrodillo ante Dios”, “Dios es testigo de mis actos”, “Dios guía mi conducta”, “Primero Dios” y un largo etcétera celestial. La venerada deidad no ha intervenido para prevenir enfermedades, combatir hambrunas, detener guerras o evitar terremotos y los individuos creemos que se inmiscuirá para curarnos, hacernos mejores o atender súplicas de manera personalizada. Curiosamente, narcotraficantes, drogadictos, dictadores, corruptos y charlatanes son los que más tienen a Dios en la cavidad bucal. El creyente honrado tiende a vivir su fe en la intimidad.

Panamá es un país maravilloso que estamos malogrando por intolerancia, odio, protagonismo, codicia y egoísmo. Son tan reiterativos los escándalos políticos, las manipulaciones de opinión y las noticias desagradables que corremos el peligro de exclamar lo que comentaba una persona indignada, harta de tanta sentina circundante, cuando escuchaba a alguien decir que los peores enemigos de la humanidad eran la ignorancia y la indiferencia: “no sé ni me importa”.

Twitter: @xsaezll

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