MENSAJE DE NAVIDAD

¿Qué importa el burro?: Juan Planells

Con la publicación del nuevo libro de su santidad Benedicto XVI sobre la infancia de Jesús, no faltarán algunos cristianos insensatos que en estas navidades decidan deshacerse del burro y el buey que han formado parte del pesebre desde la época de San Francisco de Asís.

Y es que el santo padre nos recuerda que en el Evangelio de Lucas, que es el único que hace alusión al pesebre, no se mencionan animales; y que la actual representación de la escena del Nacimiento es fruto de la interpretación posterior de los cristianos, asumiendo que por tratarse de un establo en el que ellos comen, debería haber algunos presentes.

Este y otros aspectos de la preciosa tradición que hemos heredado de nuestros padres sobre la Navidad y que revivimos cada año, contiene símbolos que mimetizan escenas del Evangelio para trasmitir el mensaje de modo popular. En estos casos debemos tener presente que empollerar a la Virgen María o cambiar camellos por caballos, en lugar de restarle valor al hecho histórico, acercan la Navidad al reconocimiento popular.

Lo mismo ocurre con la adoración de los llamados Reyes Magos. No se menciona en el Evangelio que fueran reyes, cuántos eran, y mucho menos que se llamaran Melchor, Gaspar y Baltasar. Estos son elementos no esenciales para la fe.

Lo lamentable es que muchas veces nos quedamos con lo accesorio y perdemos de vista lo importante. Nos corresponde a nosotros en esta Navidad distinguir entre lo fundamental y los adornos, entre el valor del regalo y la intención, entre el símbolo y su significado.

En la representación del Nacimiento realmente simbolizamos la presencia de Jesús en la historia y toda la atención debe estar dirigida nada más al niño y su nacimiento, sin animales o con ellos, pero manteniendo que el sentido fundamental es la presencia del hijo de Dios en la Tierra.

Nosotros seguiremos reuniendo alrededor de Jesús recién nacido a María y José, a los tres Reyes Magos, el ángel, dos pastores, tres borregos, un burro y un buey. Así, seguramente, aparecerán las piezas en el Nacimiento gigante que se prepara en la Plaza de San Pedro del Vaticano como todos los años desde 1986, con imágenes que proceden de la parroquia romana de San Andrés del Valle y datan del siglo XIX.

Sin temor a cometer herejías podremos seguir cantándole al burrito sabanero que se apure en su camino a Belén, armando el Nacimiento con muchas piezas, acompañándolo con un árbol colorido, colgando la media de una chimenea y esperando que un gordo barbudo coloque regalos para los niños bajo un árbol nevado.

Sin embargo, debemos recordar que Jesús nació pobre, en un pesebre y solo rodeado con pañales en contraste con las expresiones de riqueza con las que hoy adornamos nuestras casas.

Después de todo ¿qué importa el burro? Lo que no podrá faltar es el reconocimiento de que en Navidad, junto con un tercio de la población del mundo, vivimos la mejor época del año cuando nos invade una felicidad contagiosa al recordar que celebramos la llegada del hombre que marca una nueva etapa en la historia de la humanidad trayendo un mensaje de justicia, amor y esperanza, por ser Dios.

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