JUSTICIA IGUALITARIA

La importancia de la democracia: René Hernández González

Tuve la oportunidad de vivir los dos procesos, ambos se escriben con la letra D, pero con sobradísimas diferencias. Nací en 1955, año en que la nación estaba convulsionada por el magnicidio ocurrido. Un presidente, en ejercicio caía abatido por las balas, me refiero al coronel José Antonio Remón Cantera. El hecho ocurrió el 2 de enero de 1955 cuando asistía a un evento hípico. Remón Cantera dirigió los destinos de Panamá con mano de dictador. En él se resumían las dos D, democracia y dictadura. La primera le permitió lograr la Presidencia de la República, mediante los votos, y debido a su formación policial y al clima imperante en la nación, gobernó con la segunda.

Cuando somos dominados por una dictadura los derechos humanos se irrespetan, se persigue al adversario, se utilizan las instituciones para tal fin, se premia a los pillos, estafadores, mentirosos y se castiga a quienes buscan el respeto a la justicia, libertad y democracia. Quienes defienden la verdad son desterrados, apresados y hasta asesinados. Aunque quieran disfrazar una dictadura con cariño, sigue siendo dictadura y terminará haciendo mella en la sociedad.

En julio de 1983, en mi calidad de productor de noticias, entrevisté al procurador general de la Nación de esa época. Me refiero a Rafael Rodríguez, padre de la hoy famosa, Zulay Rodríguez. El exfiscal de hierro estaba cansado de tanta podredumbre. Luego de investigaciones logró determinar cómo el Partido Revolucionario Democrático se hacía de millones de dólares, por ser el hijo político del proceso militar que comenzó el 11 de octubre de 1968, con un golpe de Estado en contra del presidente constitucional, Arnulfo Arias M.

Rodríguez mostró a las cámaras de RPC Televisión, cheques girados a nombre del PRD, de las compañías aseguradoras, del plan colectivo de vivienda que comenzaría la CSS. “Las casas no se han construido y ya el gobierno pagó por el seguro y las empresas, en retribución, le pasan la coima al PRD”, me dijo. Eran declaraciones fuertes; sabía que habría una erupción en la sociedad, en especial, a lo interno del gobierno y de la Guardia Nacional, que lideraba Rubén D. Paredes. El país sería sometido, en mayo de 1984, a elecciones para escoger, por la vía directa, al presidente, vicepresidentes, legisladores, alcaldes y representantes de corregimiento. Esto no ocurría desde 1968.

En democracia se condecoraría al procurador Rodríguez, se pondría como ejemplo su actuación y se encarcelaría no solo a la cúpula del PRD, sino a los empresarios que pagaron la coima, pero como estábamos en dictadura el exfiscal de hierro fue conducido a la comandancia, en donde se le obligó a renunciar y luego fue desterrado a Venezuela. Cuando se supo de la detención, tortura y decapitación de Hugo Spadafora, el presidente de la República Nicolás Ardito Barletta nombró una comisión independiente para que investigara tan horrible suceso. En democracia, todos los estamentos del gobierno lo hubieran apoyado y hoy sabríamos la verdad de esos hechos, pero como estábamos en dictadura, a Ardito Barletta se le obligó a renunciar. Se imaginan, el comandante supremo del ejército, que por ley es el presidente, fue obligado a renunciar por quienes dirigían el ejército, que había adoptado el nombre de Fuerzas de Defensa.

El 25 de febrero de 1988, Eric Arturo Delvalle decide jubilar al general Manuel A. Noriega, buscando crear un ambiente de paz, debido al clima reinante. “El que se va es él”, dijeron los coroneles, Leonidas Macías y Elías Castillo Figueroa. Así ocurrió dos días después, cuando la Asamblea Legislativa, que estaba en receso, logra en la madrugada desconocer el mandato, no solo de Delvalle, también se llevaron al Dr. Roderick Esquivel, en su calidad de segundo vicepresidente.

Estos son los casos más emblemáticos –pero hay muchos más– para establecer la diferencia entre una nación en democracia y otra en dictadura. Hago estas reflexiones, para que comprendamos lo que acaba de ocurrir con el exmagistrado Alejandro Moncada Luna. No quiero formar el coro de quienes celebran y ríen por lo ocurrido; estoy en el grupo que no sale de su asombro frente a tanta pillería que permitió un hombre al que comparo con Remón Cantera, me refiero a Ricardo Martinelli. Él se aprovechó de la democracia para llegar a la Presidencia, pero una vez instalado gobernó como un tirano, persiguiendo a quienes le decían la verdad y premiando a los corruptos.

Le hago un llamado al presidente Juan Carlos Varela. Como jefe del Ejecutivo, debe abogar para que se aplique una justicia igualitaria. No importa si se trata de parientes, amigos o cercanos colaboradores, si se identifican actos que pudieran ser punibles, él debe ser el primero en denunciarlos y pedir un castigo ejemplar. Solo así lograremos consolidar el proceso democrático que tanta sangre, luto y dolor ha costado.

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