HONESTIDAD

¿Qué es más importante?: Edgardo Lasso Valdés

Hace pocos días, comentaba con un amigo sobre los requisitos mínimos que se exigían a los aspirantes a ciertos cargos públicos, prevaleciendo la obligación de ser portador de un título académico, otorgado por una entidad universitaria de prestigio.

Le expresé mi apreciación sobre ese requerimiento, en el sentido de que una persona honesta sin diploma universitario jamás sería considerada para un alto cargo en el engranaje gubernamental.

Al insistirme mi amigo en que ese requisito era necesario para garantizar su desempeño con sapiencia en cualquier cargo de responsabilidad pública, le pregunté: ¿Por qué no exigir como requisito mínimo que los aspirantes sean personas honestas?

Todos sabemos que los actos de corrupción públicos, divulgados a través de los medios escritos, radiales y televisivos, durante varios períodos gubernamentales son patrocinados por funcionarios de alto perfil, con un factor común: todos son poseedores de uno y más diplomas universitarios.

Entonces, si los conocimientos y diplomas obtenidos en reconocidas aulas universitarias no son garantes de una administración honesta de los fondos de la hacienda pública, ¿por qué la exigencia de los títulos académicos?

¿No sería más sano, más recomendable y más justo exigir, como requisito mínimo, una honestidad claramente comprobada y suficientes conocimientos prácticos para ocupar la posición pública disponible?

Aquí mi amigo me preguntó ¿no te parece que, si además de honesto, tiene uno o más títulos académicos es mucho mejor? Por supuesto que sí, le respondí, mi aprensión no es con las personas que se han superado profesionalmente por medio de estudios superiores, sino con los profesionales que, al parecer, nunca aprendieron el verdadero significado de la palabra honestidad.

Se puede ser profesional con títulos académicos, rico, pobre, humilde o de cuna de oro, si es honesto en todo el sentido de la palabra será ejemplo siempre de como debe ser y actuar toda persona que ocupe un puesto ya sea público o en la empresa privada.

El honesto, aún sin títulos académicos, es más eficiente, mejor funcionario gubernamental y mejor ciudadano que un académico corrupto.

La sociedad moderna, absorbida por la necesidad del consumismo, vendida a través de los diferentes medios de comunicación masiva, se inclinan más a ignorar lo honesto, con tal de obtener lo mínimo necesario para cumplir con sus ansias de acumular bienes a cualquier costo, tratando de dar un cariz de legalidad a los dineros mal habidos.

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