SOCIEDAD DECADENTE

Los índices de la maldad: Dicky Reynolds O´Riley

No pretende este artículo ensalzar el mal y menos la glorificación de las formas para ejecutarlo, pero el incidente de la barriada San Antonio, en La Chorrera, es un acto a todas luces excecrable. Vaciar, con saña y cobardía, un arma contra menores –no es que los adultos lo merecieran– es lo más infame en el mundo de la maldad. Encuentro difícil encontrar adjetivos para describir a estos sujetos. Catalogarlos como miserables sería poético y hasta halagador. La sangre trepida en mis venas buscando una salida a esta emoción que se asemeja a un enfado, en buen panameño una rabia, por la vileza del acto criminal.

En mi infancia conocí a amiguitos que crucificaban lagartijas sin el menor sonrojo ante el sufrimiento de esos reptiles. En algunos de ellos la maldad incubada se hizo patente cuando adultos. Fui rector de la “universidad del crimen”, como alguien atinó llamar a la Cárcel Modelo, y aún tengo vívido el recuerdo del sonido metálico de las platinas contra las rejas el día en que iba a ingresar el “Descuartizador de Los Libertadores”. Todos lo pedían como inquilino, y él suplicaba que no lo abandonaran a su fatídica suerte. Lo querían en el menú, así como desean a los violadores y a otros depredadores sexuales. Recuerdo que ese acto conmovió a todo el país, porque aún no habíamos perdido la capacidad de asombro ni solidaridad. En cambio, ahora cada cual queda postrado con su dolor.

En la lista de hechos recientes revestidos de ignonimia y crueldad están los crímenes de los ciudadanos de ascendencia china en La Chorrera, y el de la joven ultimada por un soldado estadounidense. Tal perversidad en el ser humano es lo que, paradójicamente, humaniza más a los que no caminamos por esos senderos.

Suena desatento con la moral cristiana recetar ungüentos y paliativos, en vez de buscar respuestas contundentes contra este tipo de conductas, que se han arraigado de forma nefasta en la sociedad panameña. El Estado debe velar por la vida, honra y bienes de los ciudadanos. Debe trazar una ruta para el cabal cumplimiento de la citada excerta legal. De no hacerlo, daríamos cabida a que se implante la ley del Talión o el código de Lynch.

Ahora hasta los niños juegan con la muerte virtual bajo la atenta supervisión de los padres. ¿Cómo no engendrar más violencia? En cualquier esquina de Facebook o Instagram te topas con escenas de muertos que alimentan la imaginación de los malos.

Un epílogo atinado podría ser lo dicho por Jean Paul Sartre: “Lo más aburrido del mal es que a uno lo acostumbra”. Nuestro silencio o indiferencia no nos hace inmunes de ser alcanzados por una ráfaga de balas. Hecho que la especulación oficial cataloga casi siempre como un posible “ajuste de cuentas”. La mayoría de estos casos se declara caso cerrado y engrosa el archivo de las frías estadísticas.

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