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POLÍTICAS APÁTRIDAS

Los inmigrantes de ayer y los de hoy: Carlos Eduardo Galán Ponce

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Los inmigrantes de ayer y los de hoy: Carlos Eduardo Galán Ponce

Qué absurdo es querer tildar de xenófobo al panameño que manifiesta su nacionalismo y su cariño por la tierra que lo vio nacer. Que exige respeto por su cultura y sus costumbres, y que expresa su aprehensión ante el exagerado número de extranjeros que hay aquí y que están “hasta en la sopa”.

De Colombia vienen, primero, los “inversionistas”, huyéndole a los impuestos y a comprar empresas básicas ya establecidas. Y detrás arrastran a los que tendrían empleos allá sin disputárselos a los locales, si sus inversiones las hicieran en su país. Colombia es un país de libre empresa, rico y productor. Mucho más extenso que el nuestro y en donde cabe más gente. Y si la violencia es la excusa, esa ya lleva allá más de 60 años y ha ido en descenso.

Como no hay cifras serias, hay quienes estiman que aquí viven más de 750 mil colombianos, entre registrados e ilegales. Una nota de La Prensa, publicada el pasado 15 de noviembre, dice que en lo que va del año han entrado al país casi mil por día. Lo que representa 2.8% más que el año pasado. ¡Imagínate! No dice cuántos se regresaron.

La cantidad de venezolanos tiende a superarlos. Los medios publican que ellos han sacado de su país cerca de 170 mil millones de dólares. Y muchos llegan aquí con su parte para hacer groseros alardes de esas fortunas y encarecer la vida de los demás. Comienzan por comprar los cupos en las mejores escuelas, a precios inalcanzables para la economía media local. Y atrás dejan a una mujer que lucha por la libertad de su país. Aquí, durante la dictadura militar, nadie huyó. Ricos y pobres, todos nos quedamos para luchar por lo nuestro.

El aumento de la población es el mayor problema al que el mundo se aboca. Más gente a quien proveer de todo lo que cada día se hace más costoso y difícil de obtener. Más un aumento de desechos, contaminación y de delitos. No tengo nada contra los extranjeros, en general, pero sí discrepo de la cantidad exagerada y de su calidad. Cuando llegan pocos, se integran y enriquecen la cultura local. Y cuando son muchos, la transforman y la destruyen. Y eso está pasando aquí.

A Chiriquí llegaron mujeres y hombres emprendedores, de otras provincias y de muchas nacionalidades, que la hicieron próspera y altiva. Mi abuelo paterno vino de Masaya, Nicaragua, solo y a pie, en 1912, y se estableció en las vírgenes montañas de Horqueta en Boquete. Trabajó y formó un hogar, como muchos otros. Solo lea la hermosa obra Boquete, rasgos de su historia, de Milagros Sánchez, y verá por qué los chiricanos somos como somos… Es que provenimos de esa gente. Inmigrantes pioneros que llegaron a establecerse y a trabajar en las apartadas planicies y montañas, yermas y deshabitadas de entonces. Y en las que lo último que construyeron fueron las ciudades. Hoy es todo lo contrario. Llegan en oleadas, y de todas clases, a las provincias a comprar fincas en producción, y a las urbes a sobrepoblarlas y adquirir lo que ya está hecho. Unos a lucrar y otros a crear más necesidades.

No sé cuántos corredores, puentes y metros habrá que hacer para cargarlos. Una amalgama de seudoempresarios que vienen a ver qué se llevan, y de gente humilde que le disputa el magro pan a los que aquí apenas lo ven pasar. Y en el medio, una pléyade de jóvenes emprendedores y valiosos, que robustecerían cualquier sociedad donde fueren, en busca de un merecido y anhelado mejor futuro que sus propios le escamotearon en su país. Y que, lamentablemente, es una minoría. A esto es lo que los tecnócratas llaman desarrollo, crecimiento económico e inversión extranjera.

Los territorios que hace 200 años recibieron migraciones que trajeron su desarrollo, hoy se ven obligados a controlarla. Los únicos bobos somos nosotros. El pequeño país atiborrándose de gente de naciones mucho más extensas y pobladas. Hasta de culturas extrañas y hábitos violentos, que han hecho nuestro diario vivir más caótico y peligroso.

Llámenlo xenofobia si quieren, que eso no cambia el hecho de que el mayor problema del mundo sea el exceso de población. Y mientras aquí las familias se miden en su número de hijos para poder criarlos decorosamente, en un país más seguro y tranquilo, gobernantes indolentes y políticas apátridas patrocinan la importación de gente. ¿Es este el país que queremos dejarle a nuestros nietos?

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