RECORDATORIO

La invasión y el fin del militarismo: Javier Comellys

Cuando escribimos acerca de algún acontecimiento de la vida política, social o económica de nuestro país, tenemos que remontarnos a las diferentes etapas del desarrollo histórico que originaron dichos hechos, que a la vez nos permiten explicar a las generaciones venideras el oscuro pasado que vivimos en los años del narcomilitarismo, así como interpretar el presente y pronosticar el futuro, a fin de que no se repitan ¡nunca más! las experiencias traumáticas de la historia negra de este país.

Hasta el 11 de octubre de 1968, el sistema de gobierno que regía en Panamá era el democrático. A partir de dicha fecha el país tomó un rumbo político, como consecuencia del golpe militar llevado a cabo por Omar Torrijos Herrera y otros militares de alto rango, con la complicidad de Estados Unidos, que en cada rincón del mundo veía el fantasma del comunismo.

Las excusas sobraron: incursionar militarmente y decapitar de un solo tajo el sistema democrático, derrocar al entonces presidente Arnulfo Arias Madrid, escogido en elecciones libres e instituirse como los salvadores del país porque, según los gorilas recién salidos de sus jaulas, Panamá estaba en una crisis de valores que se manifestaba en corrupción, peculados, atracos a las arcas estatales, saqueos, pandillerismo, tropas de choque, etc., por arte y parte de la politiquería sucia criolla ejercida por la conciencia inmoral de los que ostentaban el poder en aquellos tiempos.

Así, los gorilas llegaron como los salvadores de la nación a establecer el orden, a ponerle el cascabel al gato. “El diablo hablando de los evangelios, de orden y de moralidad”.

El país quedó en manos de quienes, embriagados de poder, desataron la más cruel y criminal represión que se registrara en nuestra historia, mediante la desaparición forzosa de cientos de panameños que disentían del régimen militar y con asesinatos y torturas; otros fueron enviados al exilio. La narcodictadura encarceló a cientos de opositores de izquierda y de derecha y explotó un nacionalismo, pueril y estéril, después de que muchas personas que se oponían al régimen murieran en las cárceles, sin que se sepa aún donde están.

Se hicieron evidentes los postulados de la doctrina de la seguridad, la criminalidad y el abuso de poder, en el sentido de que “la fuerza organizadora de la vida social, en el más amplio sentido que tiene el Estado, el poder, comprende la organización de la población, a fin de ejercer dominio sobre el espacio y sobre las masas humanas...”. Es decir, la actitud que tienen los dictadores para ejercer su propia voluntad sobre la población.

Tras el provocado y contradictorio accidente en el que murió Omar Torrijos Herrera salió a la escena, después de una serie de purgas, relevos y traiciones en los estamentos castrenses, Manuel Antonio Noriega, personaje perverso, sádico y sociópata, hijo de un inmigrante colombiano que deambulaba por las veredas de un lugar desconocido en Darién, denominado Guachinango. Noriega, doble agente e informante tanto de la Agencia Central de Inteligencia estadounidense como de la contrainteligencia del Servicio Secreto Cubano (una vez sacó de los cuarteles a sus adversarios y a quienes él denominaba sus enemigos ocultos) se autoproclamó general y comandante en jefe de la Guardia Nacional. Se vistió de un falso nacionalismo para arrastrar consigo a los grupos de izquierda, tal como lo hizo Torrijos con los estudiantes, obreros y campesinos, traicionando los verdaderos, nobles y legítimos ideales patrióticos y nacionalistas.

Fue inculpado por el Departamento de Estado de haber transformado a Panamá en una coladera del trasiego de drogas provenientes de Colombia, convirtiendo al país en el centro del blanqueo de dinero a cambio de millones de dólares recibidos, en soborno, del Cartel de Medellín. Todo esto, aunado a la violación sistemática de los derechos humanos y las libertades de los panameños, dieron motivo a la intervención militar estadounidense, el 20 de diciembre de 1989, no sin antes haber declarado la guerra a los gringos, machete en mano, en uno de esos ataques emotivos que le daban por su adicción a los alucinógenos. Esto lo hacía en nombre de su trasnochado nacionalismo y en complicidad con el Partido Revolucionario Democrático (PRD), aduciendo ante sus más conspicuos colaboradores que él, Manuel Antonio Noriega, tenía los h... de plomo. Muchos de sus seguidores batalloneros y codepadis se rindieron ante las tropas de ocupación. La historia y el país se cubrieron de luto, mientras la gente huía en estampida, como almas que llevan el demonio, del fuego infernal originado de los batalloneros del PRD y de los fusiles, tanques y aviones de las tropas estadounidenses que salían como hormigas desde la cima del cerro Ancón.

Antes de que llegaran los reyes magos, ardieron los arbolitos de Navidad y, con ellos, ardió El Chorrillo. Como en una escena dantesca, la gente dejaba atrás toda esperanza de rescatar sus bienes, el cielo quedó iluminado de lo que parecían meteoritos atómicos y los cuarteles de la ignominia se desplomaban como castillos de arena. Batalloneros, civiles y soldados de las Fuerzas de Defensa caían inermes, ante las botas de las tropas extranjeras.

El asesinato de una pareja de estadounidenses, frente al Cuartel Central, unos días antes de la invasión, fue el último eslabón de la cadena de asesinatos de la dictadura y fue la mecha que prendió el caldero. El hombre de los “h... de plomo” se refugió en la Nunciatura, vestido de monja, después de haber pasado por varios escondites para entregarse a las tropas estadounidenses como una mansa paloma.

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