ALTRUISMO

El juego del dictador: Miguel A. Erroz

Universalmente se acepta que el estado de derecho es algo digno de anhelar y apoyar o, por lo menos, hasta que se hace personalmente inconveniente. He aquí el problema que toda sociedad enfrenta. ¿Cómo logran algunas naciones acercarse a este ideal?

En Latinoamérica reina la impunidad y el desorden. Hay una corriente que indica que la solución a esto empieza por rectificar la cultura. La región añora volver a aquel pasado más altruista, en el que las comunidades del campo se reunían para construir la casa del vecino.

Sin duda, esa y otras tradiciones tenían esa sazón de generosidad, pero si tú no ayudabas a los vecinos, ellos tampoco te ayudarían a construir tu casa o la de tu hijo. Es decir que prevalecía un vínculo con ingredientes como la reputación y el repago. De forma similar, hoy día afrontar la corrupción abarca más que la idea de que “todos, simplemente, debemos ser altruistas”.

No obstante, el altruismo existe. A partir de la década de 1980, los economistas progresistas comenzaron a cuestionar la sugerencia de que el comportamiento humano está motivado de forma única por el interés propio. En busca de respuestas concretas, diseñaron experimentos para medir el nivel de altruismo alrededor del mundo. Entre los investigadores actuales de este comportamiento tenemos al economista John A. List, quien como lo hicieron sus antecesores, se valió de un experimento conocido como “el juego del dictador”.

Es simple, te sientan en un cuarto y te obsequian cinco dólares. Ahí mismo te comunican que puedes regalar la totalidad de ese dinero, una parte o nada a un desconocido. Y nunca verás a esa persona ni sabrás para qué utilizaría tu dinero. Entonces, ¿cuánto regalas de tus cinco dólares?

Los resultados fueron revolucionarios. Sugieren que hay un número pequeño de “Mahatma Gandhi” que lo entregaría todo a extraños que nunca le darán las gracias; también, un porcentaje de materialistas que se quedaría con todo.

Pero la mayoría regala, como promedio $1.33, sin importar el entorno cultural en el que se lleve a cabo el experimento. Según estos resultados, algunos analistas comenzaron a declarar que “las personas no se guían por el interés propio”.

No obstante, el arte de hacer experimentos se basa en investigar cómo al introducir pequeños cambios en las variables, se afecta el resultado. List, iluminado por su experiencia en el mundo real, decidió variar los parámetros del experimento.

En su nueva versión también te obsequian cinco dólares, pero ahora tienes la opción, ampliada, de regalarle tu dinero al desconocido o quitarle hasta un dólar del suyo. Es decir, si quisieras podrías salir de ahí con seis dólares, y nunca verás a esa persona.

Prácticamente, ya nadie regala cinco dólares ni siquiera la mitad ($2.50). La cantidad más frecuente es cero. Por suerte, el promedio se mantiene positivo, alrededor de $0.33.

Se descubrió que lo que aparentaba ser altruismo puro, en realidad era el deseo de aparentar “ser bueno” ante otras personas (los científicos) y ante uno mismo.

Ahora se puede aparentar ser una buena persona solo con no apropiarse del dinero ajeno.

Se observó una tercera versión del juego. ¿Qué ocurriría si puedes quitarle más al desconocido? Esta vez también le podría entregar hasta cinco dólares y quitarle cinco.

En este caso, el experimento indica que el promedio roba $2.48, en vez de dar $1.33. Así, con pequeños cambios, List demostró que los numerosos “altruistas” que entregaban casi el 30% de lo que recibían, resultaban ser una pandilla de ladrones. No es que la cultura o las personas en el experimento cambien, es solo que se variaron los incentivos.

¿En qué tipo de juego vivimos? En la práctica hay distintos incentivos que incitan diferentes estilos de corrupción. La mezcla de incentivos que promueven un amiguismo descoordinado es diferente de la que le da vida a la corrupción coordinada y coercitiva. Y deben tratarse de modo distinto.

El primero es, en gran medida, una condición del humano social y se basa en cortos lazos de amistad, se da incluso en Suecia y tiene obvios límites.

En cambio la corrupción coordinada y coercitiva es el resultado de la estructura estatal, y ocurre cuando se concentran las decisiones organizacionales. Resulta así en países cuyo Ejecutivo controla la carrera o recursos de legisladores, jueces, fiscales y reguladores.

En este juego, conseguir y mantener el puesto (alto o bajo) a menudo depende de usar la autoridad del cargo en beneficio de la jerarquía política y económica que hace posible tu acomodo. Peor, crea un filtro que aventaja el ascenso de aquellos inescrupulosos y quienes poseen pocos límites.

Su resultado son rufianes impunes cargados sobre dependientes amordazados.

Las soluciones desarrolladas por los pueblos del norte raramente buscan cambiar la naturaleza humana. Se enfocan en reformar los incentivos. En sus Estados, tal y como vemos, que por diseño han facultado (ej. vía comisiones civiles) a entidades, que son independientes de la jerarquía política y económica, para nombrar a distintos funcionarios. Así facilitan la imparcialidad de estos y forjan fuerzas fiscalizadoras que hacen contrapeso.

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