ACOMODAMIENTO

El lecho de Procustes

El mitógrafo Apolodoro, autor del más completo compendio de mitología griega titulado Biblioteca (s.IIa.C.), detalla lo que hacía el malvado Procustes para “igualar” a sus huéspedes: “Este, que tenía su morada al lado de un camino, había tenido dos lechos o camas, uno corto y otro largo, e invitaba a los caminantes a aceptar su hospitalidad; a los de baja estatura los acostaba en el largo, dándoles martillazos hasta igualarlos al lecho, y en cambio a los altos los acostaba en el corto y les serraba las partes del cuerpo que sobresalían”.

Procustes, como la mayoría de los nombres propios griegos, era un nombre “parlante”, es decir, que tenía un significado alusivo. Se deriva de un verbo que quiere decir “estirar a la fuerza”. Este singular mito, que a su vez entraña tan peculiar instrumento de tormento, ha trascendido a lo largo de los siglos, tanto así que dio origen a un dicho muy utilizado sobre todo en los países de la cuenca del Mediterráneo y que reza: “Poner algo sobre el lecho de Procustes”. Este dicho de “poner algo sobre el lecho de Procustes” se invoca cada vez que se quiere denunciar el engaño consistente en violentar la verdad para que esta acabe ajustándose a los propios deseos, a los propios planes, a los propios intereses o a las propias teorías.

Invocar que algo ha sido puesto sobre el lecho de Procustes tácitamente es denunciar que alguien o algunos han creado una ley o la han modificado para hacerla, a la manera del mejor sastre, justo a la medida de las necesidades o intereses de una persona o grupo en particular.

El universo de aplicación de tan apropiado dicho es amplio y puede aplicarse a toda clase de actividades. Por ejemplo, en el campo de la economía, decimos que algo ha sido pasado por el lecho cuando denunciamos los enjuagues que se han hecho para que necesariamente cuadren los balances financieros, práctica muy usada por aquellos afines a las prácticas de evasión fiscal. Pero igual que como sucedía con el sádico inspirador de nuestro artículo, ajustar las cosas de una manera procusteana definitivamente tendría que hacerse de manera engañosa, traicionera, traumática, licenciosa y dolorosa, tanto para lo que es sometido al pérfido lecho como para el ciudadano que contempla expectante e impotente cómo en los círculos de poder gubernamentales, gremiales, sindicales, sociales, religiosos, etc., se da tan buen uso a estos eficaces “lechos”.

Vivimos en una nación que a lo largo y ancho en sí misma pareciera un inmenso lecho de Procustes. Cada organización, tanto pública como privada, nacional o internacional, cada ciudadano, cada grupo social o político aspira a tener normas o leyes que se ajusten exactamente a sus propios intereses, o bien promueven las suficientes modificaciones a las ya existentes para que sean más armónicas con estos intereses.

El Panamá de hoy luce como una nación mutilada, recortada, producto de casos y situaciones en los que los intereses de la patria han resultado demasiado grandes y nobles que ha urgido ser recortados a la manera de Procustes para adaptarlos, en muchas ocasiones, a los intereses de los menos. En otros casos, cuando esos intereses, leyes o decretos tienden a dejar por fuera a algún grupo, sobre todo a los llamados grupos de poder, es preciso someterlos a los necesarios “martillazos”, dicho en buen castellano, para que den el largo y hasta el ancho y puedan “incluir” convenientemente a los promotores de tan acomodados ajustes.

Las leyes, los decretos, las normas, los reglamentos de una nación o son buenos y justos para todos o no son ni buenos ni justos. Todo lo que achiquemos o agrandemos tendrá que necesariamente realizarse a través de un proceso rudo, brusco, violento y por más que después queramos maquillarlo, siempre parecería exactamente eso, un traumatismo, una deformidad, una anomalía. Y bien, ¿a quién no se le viene a la cabeza unos cuantos ejemplos que delatarían exactamente haber pasado por las manos del siniestro Procustes y su infame lecho solo con repasar las noticias de las últimas semanas?

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