MANEJO DEL ESTADO

Entre la libertad y el autoritarismo: Javier Comellys

Desde que se instituyó en la conciencia nociva del rey Luis XIV la abominable sentencia y el concepto manifiesto de carácter autoritario y absolutista, sintetizada en la retrógrada frase “El Estado soy yo”, el pueblo francés sintió la negación total de sus libertades y la limitación de sus derechos, al igual que de todos sus principios e ideales. He ahí cuando empieza a crecer la semilla del resentimiento y surge, poco a poco, la inevitable rebelión que dio margen a la revolución y a la caída de la monarquía absolutista. Surgieron situaciones que determinaron la consolidación liberal, no sin antes dejar atrás una apocalíptica estela que se transformó en la más sangrienta violencia, explosión, llanto, dolor y muerte.

Desde entonces, los pueblos han hecho valer sus derechos, sus anhelos de libertad, de progreso y justicia. Si no luchan por estos principios de la vida, no habrá progreso social con justicia; por cuanto el progreso social determina la negación del sistema de injusticia.

El autoritarismo, definido como la forma absoluta de gobernar, representa la expresión más fehaciente de la negación de la libertad; se caracteriza por mantener la concentración de los poderes del Estado, por lo tanto, todo lo que hago es lo correcto, aun si estoy equivocado. Conceptos que estigmatizan, desde los tiempos de las monarquías, la mentalidad retrógrada de ciertos gobernantes, como el nuestro. Esto ha dado motivo a constantes crisis y conflictos, producto de los desaciertos cometidos durante todo este periodo de administración pública, principalmente por la aplicación de leyes que deben beneficiar al pueblo, pero chocan con las libertades, con la democracia y los derechos humanos de la población; y se seguirán manifestando, mientras no se cambien las formas, los procesos y el método de actuar del Presidente, quien piensa: ¡Yo soy el Estado! ¡yo soy el poder!, ¡yo soy la ley y la justicia!, ¡yo soy la libertad!, ¡yo soy el pueblo! Los hechos están demostrando que los gobernantes de la modernidad no han aprendido la lección ni de las experiencias traumáticas de la historia. No han aprendido que la libertad, la justicia y la paz en el mundo deben sustentarse sobre la base del equilibrio, la armonía y el reconocimiento de la dignidad, la igualdad y la moral, condiciones intrínsecas de todas las sociedades por más primitivas que sean.

La ciencia política, por otro lado, define el autoritarismo como la doctrina política que aboga por el principio del gobierno absoluto o absolutista; ese término, al igual que despotismo, dictadura y totalitarismo, se utiliza para calificar al Estado u organización política que pretende conservar y gestionar el poder político mediante mecanismos que se concentran en abierta contradicción con las libertades colectivas e individuales. Se fundamenta en el poder de la fuerza material, económica y política, más que en la equidad, en el poder social y moral.

Al fundamentarse en el poder autoritario, nunca se dan razones de lo que se ejecuta o se hace; no se aceptan opiniones ni críticas en cuanto a objetivos, proyectos y metas a desarrollar; se ocultan los errores, lo que origina constantes crisis, conflictos y rectificaciones, fomentándose el fenómeno dicotómico de la realidad o lo que es lo mismo “la libertad o el autoritarismo”. Por lo menos, eso es lo que hemos percibido en los tres años y medio del actual gobierno.

Hemos observado cómo el Presidente retrocede y rectifica, retrocede nuevamente y vuelve a rectificar en la creación y derogación de leyes conflictivas, indeseables e impopulares. Es una variable constante al igual que las reformas y contrarreformas a las mismas. La extrema ausencia de consenso por la actitud agresiva y prepotente de legisladores, asesores y ministros incapaces de manejar las crisis y los conflictos está llevando al país al caos y a la incertidumbre social política.

Ha quedado claro la ubicuidad del fenómeno del autoritarismo con la demostración y beligerancia de la fuerza militar en los desfiles patrios. Con esto se le ha enviado un mensaje subliminal al pueblo y a la oposición: “No se metan a locos, que el loco soy yo”.

La libertad no solo es el derecho inalienable de expresarse de pensar y actuar sin interferencia, presiones ni constricciones; de ejercer el culto religioso, la libre asociación y el derecho al tránsito, también se da cuando todas las personas ejercen su derecho de acceder con justicia e igualdad al uso y usufructo, control y beneficio de los bienes y servicios del Estado, así como a la toma de decisiones en el ámbito de la vida social, económica, política, cultural y familiar.

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