INCONGRUENCIAS

De libertad de expresión y democracia: Diana Medina

Estas semanas el tema de la libertad de expresión y el derecho a la información han estado en las primeras páginas de los periódicos de gran parte del mundo y no porque se esté profundizando en la implementación de este derecho. Al contrario, pareciera que hay una tendencia mundial a limitarlo y a volverlo utilitario para los gobiernos de turno.

Incongruencias como las de Ecuador que, por un lado, promueve una legislación que vulnera las posibilidades del ejercicio pleno del derecho a la información y a disentir, al mismo tiempo que ofrece refugio a Julian Assange y Edward Snowden, esgrimiendo banderas de libertad que denigra en su política interna; o el silencio autoimpuesto por los medios de comunicación en Turquía que, por miedo a las represalias gubernamentales, evitaron informar acerca de las manifestaciones en la plaza Taksim, pero luego, al verse rebasados por las redes sociales, comenzaron a emitir tímidos reportes de lo que ocurría, son algunos ejemplos de las formas sutiles, y no tan sutiles, de las que se vale el poder estatal para coartar este derecho fundamental.

No se pueden dejar de mencionar (aunque involucra la violación de otro derecho, el de la privacidad) los casos de las escuchas realizadas por la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) de Estados Unidos, amparadas en una ley fantasma, al margen del escrutinio y conocimiento de los ciudadanos. Esa agencia, en nombre de la seguridad, decidió sin que nadie le diera ese poder, vulnerar la privacidad de sus propios ciudadanos y de los países amigos y no tan amigos.

Las escuchas ilegales también se han popularizado en Latinoamérica. En los últimos meses hemos visto incidentes de este tipo, en los que se ha utilizado el espionaje de conversaciones privadas con fines políticos, llevando la discusión de temas de interés a terrenos que no son precisamente democráticos. Es común ver hoy a gobernantes airados, arremetiendo contra los medios de comunicación, culpándolos de ser promotores de la desestabilización, ignorando por completo que sus actitudes en contra de la discusión abierta de los temas de interés público están construyendo las bases que sustentan esa desestabilización.

Tanto la libertad de expresión como el derecho a la información y a la privacidad son pilares fundamentales para que la democracia funcione y, en mi opinión, no existen medias tintas. O se garantizan estos derechos y se defienden en cada uno de los ámbitos de la sociedad, o no existen y entonces estamos frente a un tipo de gobierno distinto a la democracia en el que seguramente también se vulneran algunos de los otros derechos fundamentales. Las palabras de Evelyn Beatrice Hall, originalmente atribuidas a Voltaire: “Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”, nos señalan el camino a seguir. Asegurarnos de que cada uno de nosotros tiene las mismas oportunidades para expresar su opinión y recibir información oportuna se transforma en garantía para seguir siendo libres.

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