HEREDERO POLÍTICO

Un libreto conocido...: Daniel R. Pichel

El resultado de las elecciones venezolanas nadie lo sabe, y seguramente nadie lo sabrá nunca a ciencia cierta. Como era de esperarse, parece que la revolución bolivariana tenía bien organizada toda la estructura necesaria para montar un paquetazo en caso de que fuera necesario. Como el finado contaba con un arraigo popular muy sólido, aparentemente las elecciones fueron siempre lo suficientemente holgadas a su favor como para no tener que recurrir a las mismas trapisondas que suelen implementar todos los regímenes autoritarios cuando se hace necesario venderle al mundo la imagen de que son democráticos.

Lo del domingo pasado ha sido una colección de chapucerías demasiado burdas como para que el mundo democrático se las crea. Sin duda, el primer problema que tenía el autoproclamado “Socialismo del siglo XXI” era la clase de mamarracho que se consiguió como candidato. Como, aparentemente, las ideas delirantes de Chávez nunca le permitieron entender que no era inmortal, al salir hacia lo que él quizás consideraba un viaje más de los que hacía a Cuba para hacer turismo médico, nombró como heredero al más bruto que encontró en su entorno. Muy posiblemente, la decisión de escoger a Maduro como vicepresidente era porque lo consideraba tan incapaz que no pretendería sacarlo del camino durante su convalecencia. Pero lo verdaderamente malo en todo esto es que Maduro se creyó que él tenía la capacidad para heredar no solo el despelote político del chavismo, sino que el carisma y el liderazgo también eran hereditarios. Desde el momento en que anunció con voz entrecortada y al borde de las lágrimas la muerte del máximo líder, lo que siguió no fue más que una gran cadena de metidas de pata, que me imagino le permitieron entender a los venezolanos la clase de error que sería elegir a semejante esperpento para el cargo.

A pesar de que las elecciones fueron convocadas lo más rápido posible para aprovechar el factor “duelo” por la muerte de Chávez, las encuestas marcaron desde el primer momento la vertiginosa caída de popularidad de Maduro, la cual, casi por inercia, iba recogiendo Capriles. Ya en la última semana, las encuestadoras marcaban un virtual empate entre ambos, con tendencias favorables a la oposición. Cada vez que la parodia del Dr. Cándido Pérez abría la boca, parecía que estaba en un mitin de Capriles pidiendo votos para la oposición. El colmo fue la historia que contó de la aparición de Chávez encarnado en un pajarito que le dijo quién sabe qué tontería, hablándole al pueblo venezolano como si fuera un grupo de niños de kínder. La verdad, el contenido de aquella intervención era digna de una película de Cantinflas. Prueba de ello fue la manera como el mundo entero se hizo eco con caricaturas, chistes y bromas, haciendo burla de la triste ocurrencia de Maduro.

Y finalmente, el día de las elecciones, aquello fue una repetición de lo que vivimos los panameños aquellos días de mayo de 1984 y 1989. La gente salió a votar con gran entusiasmo y lo que siguió encajaba perfectamente en el libreto ya conocido. Las autoridades electorales, completamente plegadas al gobierno, demoraban más de la cuenta en dar resultados, lo que generaba suspicacias en todo el mundo. La oposición, ante la evidencia de que la elección era muy reñida, comenzó a pedir que se contaran todos los votos en forma directa, mientras que el órgano electoral se dedicaba a decir que eso iba contra la norma establecida. Así, el voto electrónico proveniente de las máquinas de votación es el que manda, exactamente igual que aquí nos dijeron que las actas eran las que valían, evitando caer en la peligrosísima actividad de abrir urnas y contar papeletas, lo cual se sale totalmente del control de los que dan lo que sea por no soltar la ubre del poder. Entonces, en un solo instante, la presidenta del colegio electoral declara ganador a Maduro e inmediatamente él acepta la victoria con un patético discurso, antes de que el perdedor le concediera la victoria, tal como ocurriera en octubre del año pasado cuando Chávez le ganó a Capriles. La aparición del “presidente electo” fue realmente deprimente. Habló un montón de tiempo imitando las interminables intervenciones del que él llama “el guía espiritual de la revolución bolivariana”, sin decir absolutamente nada sustancial. Sacó un librito muy, muy pequeñito, que supuestamente era la Constitución venezolana, en lo que supongo es una señal de lo poco que le importa a él y a su partido lo que en ella pueda decir. Mientras, Capriles y los venezolanos opositores al régimen (que aún con las matemáticas de Tibisay representan la mitad del país) siguen pidiendo un recuento manual de los votos, lo cual evidentemente no va a ocurrir, especialmente cuando ya han circulado fotos por las redes sociales de cómo muchas urnas han sido destruidas.

En mi opinión, no será mucho lo que logrará la oposición. El mundo democrático (y ese nido de burocracia llamado OEA) usualmente trata de no meterse en ese tipo de asuntos, especialmente cuando ocurren en países donde hay petróleo y con quienes no es buena idea pelearse. Lo que sí parece un hecho consumado es que Maduro tendrá que dirigir un país profundamente dividido, en una crisis económica y de desabastecimiento terrible sin tener ni la capacidad ni el liderazgo necesarios para confrontar la tormenta que se ve en el horizonte. Eso sí, no dudo que, en el tiempo que dure su gobierno estarán aplanando el camino para postular a alguna de las hijas, yernos o parientes de Hugo Chávez en la próxima elección. Finalmente, eso también es parte del libreto ya conocido de los países latinoamericanos.

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