EL MALCONTENTO

Un libro y una ventana: Paco Gómez Nadal

Hay circulando por ahí demasiados mitos sobre los libros. Los hemos inventado los que leemos libros, los que escriben libros y, en especial, los que venden libros o forman parte de algún departamento de fomento de la lectura. Como la feria del ídem se acerca, quiero aclarar algunos de ellos.

Los libros no alimentan. Nada. Puro cuento. Lo que alimenta es un buen arroz con guandú y un filete bien jugoso al lado y una ensalada de pasta y un pie de queso. Lo demás es poesía y de la poesía (de la literatura en general) no se come. No es que usted ve pocos libros en las casas de la gente, porque se los hayan comido, sino porque, ante la poca plata disponible prefieren gastarla en comer. Y bien que hacen.

Tampoco es del todo cierto que los libros sean divertidos. Sí, claro que sí, hay libros muy divertidos (la mayoría, no), pero el simple hecho de sentarse a leer un libro requiere de cierta dosis de “aburrimiento” (del siglo XXI) previo. No donde el ruido impera (televisión, videojuegos, disco-móvil) se suele ver un libro en uso. Por otra parte, los libros son divertidos para un tipo de gente; igual que reventar las pompitas de los plásticos protectores entretiene a otras. Hay gente que se divierte con las películas de terror y yo no puedo ver ni los créditos. Con los libros, igual.

Leer libros nos hace mejores personas. Ummm, tengo amplias dudas. En este caso es difícil pronunciarse porque casi todo el mundo miente. Es decir, cuando le preguntan en los periódicos a cualquier personaje qué está leyendo, siempre tiene en la boca un título de un libro (o dos) preparado. Lo cual ya es sospechoso porque se ha convertido en algo extremadamente infrecuente ver a alguien con un libro o hablar sobre uno de esos artilugios de papel. Los malos también leen, según confiesan. Por ejemplo, José Raúl Mulino, al que nunca imaginé leyendo (excepto instrucciones de uso de helicópteros italianos o de fusiles de asalto), jura que lee a Cercas, uno de esos autores que perdería una pierna por defender la democracia. A este paso me imagino a Gustavo Pérez y a Moltó leyendo a Rubén Darío... ¡Oh dioses!

Por último, hay un mito que insinúa que la gente que produce libros, que está en el mundo editorial, es tolerante, abierta y cree en la libre circulación de ideas (Es algo así como que alguien que escribe no censuraría a otro: cuando los censores, habitualmente, han sido escritores, mediocres, pero escritores). No siempre es así. El libro ha sido un arma arrojadiza, utilizada a antojo de dictadores, religiosos, falsos profetas y estafadores de todo pelaje. Muchos de los libros que utilizan para manipular o mentir son en sí mismos una mentira. Otros, construcciones ad hoc para provocar adhesiones o, por ejemplo, odio al enemigo.

Entonces. ¿Por qué ir a la Feria del Libro de Panamá? Por más razones de las que cabrían en esta página. Desde 2007 he animado a visitar cada edición de la feria.

He escrito aquí muchas veces que la feria es un esfuerzo loable, necesario para el país, un pequeño oasis en el parco panorama cultural de la ciudad capital y del país. Y hago lo mismo hoy, a pesar de que tengo que lamentar que la directiva de la feria no me haya permitido presentar un libro propio (Dos Años de Locura) en las salas de Atlapa, utilizando las disculpas más increíbles, a pesar de que mi petición estaba en plazo y forma y que algo de público podía atraer (aunque solo sea por la mala fama que me alimentan algunos).

La feria, a pesar y gracias a sus responsables, ha ido creciendo, mejorando cuantitativamente cada año, aunque no haya logrado dar un salto de calidad en invitados o propuestas. Son los libreros los que marcan el ritmo y tampoco eso está mal. Leer, a pesar de que no sea la panacea, a mí me ha hecho vivir, aproximarme a entenderla y, como mínimo, a gozarla al máximo. Los libros no te hacen Superman ni pueden sustituir la comida o el buen sexo, pero los buenos libros, los de verdadera calidad sí nos acercan al orgasmo, sí nos hacen volar, sí mejoran la calidad de tus sueños, perfeccionan tu forma de desear y hasta colaboran con que selecciones mejor tus rabias y tus amores. Un libro y una venta. Con esos dos elementos, reales y simbólicos, se puede vivir. No hace falta más brújula ni más vehículo.

Vayan a la feria, disfruten, exijan cada año que la oferta sea de más calidad y de mayor pluralidad (ustedes son los clientes) y luego, por favor, me lo cuentan. Lo más probable es que yo no pueda asistir.

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