DESIGUALDAD

Un país rico lleno de pobres: Edgardo Murgas Álvarez

María Carpintero es una indígena que ha vivido sus 15 años prisionera de los eslabones de la pobreza, uno de los principales problemas que enfrenta en la actualidad su tierra natal, la comarca Ngäbe-Buglé, producto de la marginación social a que han estado sometidos históricamente los pueblos indígenas de América Latina y Panamá.

A pesar de que María acaba de cumplir sus 15 primaveras, tiene tres hijos, algo normal en la cultura de esta población que se encuentra radicada en las provincias de Chiriquí, Veraguas y Bocas del Toro, pero el futuro de sus hijos es incierto. El padre de ellos, agobiado por los problemas económicos, viajó hace más de ocho meses a los cafetales de Boquete en busca de trabajo, pero no ha regresado.

El escenario donde se desarrolla la vida de María no es ficticio, es real e injusto y no solo ocurre en Panamá sino en toda América Latina, donde se estima que viven 80 millones de niños pobres y otros 32 millones en pobreza extrema, según un estudio realizado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

De acuerdo con información publicada por la Secretaría Nacional de la Niñez, Adolescencia y Familia, se cree que 360 mil niños viven en situación de pobreza. La pobreza extrema que padece una gran cantidad de panameños pasaría inadvertida si no saltara a la vista el crecimiento económico que experimenta el país, calculado en más del 7% para este año, según la Cepal, porcentaje que lo sitúa como el segundo de América Latina, después de Paraguay, que tendrá el 9% de crecimiento.

Es también conocido que según estudios de organizaciones internacionales, Panamá es el segundo país más rico de América Latina, pero también el segundo con la peor distribución de la riqueza, solamente superado por Haití.

Por otro lado, la deuda pública se proyecta, para 2014, en 17 mil millones de dólares. Es decir, en el último quinquenio de la administración actual se ha incrementado en $6 mil 469 millones.

Ante esta danza de millones, nos planteamos las siguientes preguntas: ¿Cuál ha sido la prioridad en inversión? ¿Cuánto de este recurso económico ha sido utilizado en inversión social?

¿A quiénes llegan los beneficios de las obras que se construyen a través del dinero obtenido de las instituciones financieras internacionales?

Estas y otras interrogantes son comunes entre la mayoría de los panameños que no reciben las bondades que se generan de la riqueza del país; es decir, tenemos un alto crecimiento económico, pero no un desarrollo que llegue a la gente, a esa población que conforma el Panamá profundo.

Cabe resaltar que este año el presupuesto de la nación es de más de 16 mil millones de dólares, según cifras del Ministerio de Economía y Finanzas, y para el próximo período superará los $17 mil millones.

Lo más sensato y humano sería que un porcentaje significativo de estos dineros se utilice en inversión social, si no los protagonistas de nuestra historia, los hijos de María, seguirán engrosando los números de los indicadores de la infancia en Panamá, como la desnutrición crónica, la salud, la vivienda, el agua y en el peor de los casos, no tendrán la oportunidad de estudiar: único medio eficaz para liberar a los pueblos de las cadenas de la pobreza.

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