EL FINAL DE BERLUSCONI

A lomo de un tigre: Berna Calvit

Cuando Silvio Berlusconi dimitió como primer ministro de Italia, me alegré como si hubiera sido italiana de pura cepa. En toda Italia se celebró en grande la partida del hombre que, ya maduro y bien “acolchonado” por su imperio millonario, se echó al ruedo político; altanero, burdo y zafio, nada discreto sobre sus correrías sexuales y amorosas, resultó “hueso duro de roer”; usó su imperio mediático para influir en la opinión pública, manejó con maestría la corrupción de jueces y los intereses de otros magnates y ni siquiera su vecino, el Vaticano, se atrevió a “jalarle la jáquima”, al menos no en público. Resultó ser uno de esos fenómenos políticos que antes de la oscuridad final, deslumbran. Creó su propio partido y el pueblo, defraudado por los políticos tradicionales, cayó en la trampa de un mercadeo político que vendió su imagen como empresario exitoso que podía hacer del país lo que había logrado con sus poderosas empresas. En poco tiempo puso contra la pared, o se “echó al bolsillo”, a varios partidos y partiditos. Pero se le acabó la fiesta y fue el pueblo el que celebró en las calles con champán, bailes y abrazos. Los gritos de “La mafia fuera del Estado”, “El pueblo te quiere en la cárcel”, “No más bunga bunga”, “bufón” lo siguieron mientras hacía su último recorrido oficial; del despacho del presidente Napolitano salió por una puerta lateral para dirigirse a su residencia, amargo camino entre miles de italianos despreciándolo. Pese a su turbia trayectoria y escándalos personales, fueron sus socios de la Unión Europea los que presionaron su salida para evitar el desplome económico total de Italia. Pero sale perseguido por procesos de corrupción, abuso del poder, evasión fiscal y sexo con menores de edad. Los pronósticos sobre su futuro están divididos; tendrá que luchar para no perder todo su poder, tal vez la única manera de salvar sus negocios y eludir la prisión. No se equivocó la prestigiosa revista The Economist cuando dijo, en 2001, “...Berlusconi no está capacitado para gobernar país alguno, menos aún una de las democracias más ricas del mundo”.

El final de Berlusconi revivió en mi memoria aquel día de septiembre de 1956, cuando acompañé a mi madre a la calle que baja del antiguo hospital Gorgas hacia la entonces llamada avenida 4 de julio (hoy, avenida de los Mártires). ¡Anastasio (Tacho) Somoza García, implacable tirano de Nicaragua, había muerto! En León, Nicaragua, Rigoberto López Pérez, un poeta dispuesto a morir en el intento de acabar con el tirano, le hizo tres disparos; Tacho fue trasladado al hospital Gorgas, donde murió una semana después. Mi madre, como tantos otros nicaragüenses, había abandonado el país huyendo del régimen del Tacho que coordinó el asesinato de Sandino, (1934), quien combatía la presencia norteamericana en Nicaragua. Las personas a lo largo de las aceras no estaban allí para llorarlo; aquel día, al paso del difunto, la gente aplaudía, se abrazaba, celebraba la partida final del hombre que empobreció al país, a la vez que devoraba todas sus riquezas. Su muerte no marcó el final del trágico destino de Nicaragua; aún tenía por delante a los hijos de Tacho, Luis y Anastasio Somoza Debayle (Tachito) que hizo del país su hacienda personal. Las riquezas de la familia Somoza eran obscenas; ni la fabricación de fósforos escapó de la codicia de Tachito, digno hijo de su padre. En el paisaje político, su amante, Dinorah Sampson, con quien empezó la relación, ella adolescente y él de 37 años, tuvo gran poder incluso en decisiones sobre el ejército, amén de nombramientos y costosos caprichos pagados a costa de la miseria del pueblo. El 10 de enero de 1978 fue asesinado Pedro Joaquín Chamorro, director del diario opositor La Prensa. La fecha marcó el principio del fin de Tachito y la dinastía Somoza. Los norteamericanos “le sacaron la tabla” que durante tantos años lo sostuvo; tuvo que abandonar el país y murió en una calle de Asunción, Paraguay, donde fue emboscado por un grupo guerrillero argentino. A su heredero, otro Anastasio (El Chiguín), le cortó el paso el movimiento sandinista que, con gran descrédito, hoy ocupa el poder en una Nicaragua que sigue, igualmente, empobrecida y abusada. Son muchos los gobernantes que podrían citarse por haber usado el poder para enriquecerse; que olvidaron promesas de bienestar para su pueblo. ¿Será que el poder atrofia la memoria? La vida de algunos terminó en forma dramática; otros, libres pero despreciados por su pueblo; y otros, como Noriega. El poder en manos de gobernantes irreflexivos, codiciosos, autoritarios, soberbios y mentirosos, es desgracia para cualquier país. Sobran razones para exigirles a nuestros gobernantes respeto a la Constitución y las leyes; a todos nuestros derechos; al trabajo sin amenazas, sin coacción ni chantaje; a la conducta personal decorosa; al manejo transparente de los asuntos del Estado. Panamá está intranquila; desconfiamos de la honestidad de los funcionarios; el autoritarismo, las represalias y las amenazas, fomentan la hostilidad hacia las autoridades. Un gobernante inteligente y sensato debería saber que, “En el pasado, aquellos que locamente buscaron el poder cabalgando a lomo de un tigre acabaron dentro de él”. Lo dijo John F. Kennedy

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