EL MALCONTENTO

El macho: Paco Gómez Nadal

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El macho es un tipo de humano extremadamente especial, aunque desgraciadamente extendido. Se trata de un bípedo educado en el más estricto marco de valores del patriarcado y que, como tal, considera, como reyes y obispos de otro tiempo (y algún despistado actual), que nació con atributos de poder, gusto por la cerveza, la mano suelta y algunos pelillos en el pecho por gracia divina.

Su condición lo hace pasarse la vida orinando el territorio, golpeando a sus enemigos (que los machos no saben de adversarios), buscando el éxito a toda costa y en cualquier espacio de relación social (desde el trabajo a la bolera pasando por la triste, atlética y pornográfica cama) y justificando su condición como una prisión inevitable, como un destino titánico que lo obliga a ser súper héroe o villano pero nunca simplemente un ser humano.

No es que estemos en el 8 de marzo y me haya dado un siroco, sino que leer la esperpéntica entrevista con Franz Wever este domingo me ha hecho pensar en todos los hombres públicos impúdicos que contribuyen a perpetuar lo peor de la especie. Este político de poca monta y mucho recorrido justifica unos puños con Kike Flores con el siguiente argumento: “A veces los hombres arreglamos los problemas a golpes, eso no tiene que ver con la política”. Su alucinada respuesta contiene una verdad y una falacia. Es verdad que los hombres, algunos hombres, muchos hombres, gustan de resolver los conflictos a golpes. A veces también solucionan así el desamor, el enfado en el trabajo, el 0-3 de su equipo o la disfunción eréctil... Es verdad. Es brutalmente verdad. Y esos golpes a veces son entre cabestros que compiten en estupidez en bares o parlamentos, pero la mayoría de veces los sueltan contra sus hijos indefensos o contra sus parejas abducidas por la baja autoestima y la falta de autonomía económica.

La falacia de Wever es pensar que eso, la violencia como único discurso ante el conflicto, es una “condición masculina” que nada tiene que ver con la política. Las mujeres emancipadas llevan décadas recordándonos que nuestro cuerpo es el primer territorio donde hay que hacer política y, por tanto, con él y desde él hacemos política. El cuerpo del señor Wever parece tan corrompido como algunos de sus hitos políticos personales. Pero más allá de este extremo, es político liarse a puñetes con un contrincante porque si algo deberían practicar aquellos y aquellas que se dedican a la política es la ejemplaridad pública.

Es difícil imaginar niños y niñas más sensibles y respetuosos si no respiran esos dos valores en su entorno más cercano. Es imposible imaginar sociedades más decentes si sus representantes representan en la Asamblea Nacional de forma continua la opereta del robo, la violencia y el engaño.

No es este un tema menor. Considero, después de muchas vueltas a la noria vital, que ningún cambio de los que anhelo, ni la justicia, ni la dignidad humana, ni la economía solidaria, ni el respeto a la Madre Tierra, ni la emancipación personal, ni la educación liberadora, ni el buen vivir, ni el sencillo goce del atardecer liberados de lastres imposibles tendrán recorrido alguno si no se “despatriarcalizan” nuestras sociedades.

Ese camino será lento, pero me tranquiliza saber que es así porque vamos lejos. El patriarcado hunde su genoma en la historia milenaria, en la mitológica liberación del varón de la dependencia de la mujer para reproducir la especie y las comunidades que la forman. Por tanto, cualquier acción para “despatriarcalizar” debe tener en cuenta dos tiempos. Uno, el de la urgencia. Políticas públicas inmediatas para poner freno a las manifestaciones más visibles y brutales del patriarcado: la violencia intrafamiliar, los feminicidios, las desigualdades laborales entre hombres y mujeres, la mercantilización del cuerpo femenino, la discriminación por razones de las opciones sexuales, la terrible frustración de aquellos hombres abocados a jugar un papel social y personal que no les gusta...

El segundo tiempo es el civilizatorio. Y ese solo lo construiremos pensando en largo plazo, revisando todos los currículos escolares y universitarios a la luz de la “despatriarcalización”, diseccionando con detalle los discursos públicos y los dislates privados, impulsando una pequeña-gran revolución en la construcción de los mensajes mediáticos, generando procesos de aprendizaje de mujeres que caminen hacia la emancipación pero también de hombres que se vean en el espejo de masculinidades no patriarcales, entre otras.

El hombre no es culpable del rol de “macho” que he estado describiendo. El asunto es mucho más complejo, tanto que muchas mujeres son reproductoras de la misma estructura social y cultural que las invisibiliza o golpea hasta la desaparición física o social. Pero el hombre sí es responsable de cuestionar los privilegios y los sistemas de poder en los que enmarca su vida cotidiana e ir desmontándolos uno a uno. Desde las políticas públicas se puede hacer mucho para iniciar este proceso tan urgente como monumental, porque se trata de un asunto muy político. Si no empezamos el cambio nunca llegaremos.

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