AMPLIACIÓN

La mala suerte del Canal: Ramón A. Mendoza C.

La historia de la construcción del Canal de Panamá ha estado, casi siempre, bajo la sombra de la mala suerte, aunque al final ha salido airoso de tales avatares. La construcción por los franceses estuvo inmersa en el más grande escándalo financiero del siglo XIX. La culpa general del fracaso se le achacó al mosquito, pero en realidad galopó sobre la gran corrupción administrativa y financiera que “adornó” la gestión de la obra.

Originalmente, los estadounidenses estaban decididos a construir el canal por Nicaragua, pero gracias a la astucia y sagacidad de un grupo de personas, liderado por el casi siempre mal valorado Philippe Jean Bunau-Varilla, la obra le fue arrebatada a los nicaragüenses a última hora.

Ahora, parece que la historia vuelve a repetirse. La ampliación de esta vía acuática, la obra de ingeniería más importante de América y, posiblemente, del mundo de inicios de este siglo se ve enturbiada por reclamos del consorcio a cargo de los trabajos. Las reclamaciones de orden financiero se derivan, a su vez, de supuestos ajustes o modificaciones en la planificación del proyecto y a un sobrecosto que casi supera el 50% del valor estimado al inicio.

No soy ingeniero, pero mis rudimentarios conocimientos en administración de empresas y finanzas, derivados de una maestría en tales temas, me despiertan la cosquilla de la inquietud, que no deja de fustigar mis neuronas. En todo proyecto puede haber imprevistos, pero los escenarios de ejecución deben preverlos, en especial ahora, cuando se dispone de programas informáticos con los cuales los planificadores pueden introducir cualquier cantidad de variables para elaborar diversas proyecciones y escenarios. Por esta razón, las sorpresas de este tipo crean una razonable incertidumbre sobre la planificación de la obra. Aparte de los perfiles técnicos y financiero, el ético debe ser tomado en cuenta, aunado al sentido común y la experiencia del dueño de la obra.

Desde esta perspectiva, confiar la construcción de las obras a empresas europeas, algunas con un historial financiero no muy claro, teniendo más cerca a países con sobrada o mejor experiencia y tecnología como Canadá y Estados Unidos, es un factor logístico arriesgado, pues solo de pensar en que las compuertas fabricadas en Italia sufran una avería o naufragio (dada la gran distancia), sería condenar la obra a un atraso innecesario.

Un razonamiento sensato aconseja limitar los riesgos de involucrar a empresas europeas, cuando se dispone de fuentes tecnológicas y capacidades garantizadas para esta clase de obras más cerca. Nuevamente, la danza de los millones involucra a firmas europeas y, nuevamente, la suerte del Canal se ve torcida.

Pareciera que el desarrollo económico nacional fuese una fiesta para un reducido número de empresas invitadas. Diversos proyectos multimillonarios se han entregado a grupos cuyos nombres son una cacofonía. Ahora se han sumado otras empresas que reclaman 40 millones más. Algunas, en sus países de origen, son modestas, con un anémico perfil tecnológico, pero aquí gozan de aventuras multimillonarias. Esperemos y confiemos en que la Autoridad del Canal de Panamá pueda sortear estas coyunturas y que nuestro canal sea la obra que Panamá y el mundo espera.

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