BARRERAS IMPUESTAS

¿Son malas las brechas?: John A. Bennett N.

Es constante el bombardeo informático sobre la malignidad de la brecha entre ricos y pobres. Así vemos que el último Informe de Desarrollo Humano del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) destaca que en Panamá el “crecimiento expande la brecha entre ricos y pobres”. Más adelante en el documento se formula la pregunta: “¿Pero cuánto de ese crecimiento le toca a las capas medias de la sociedad?”. Y luego vuelven a referirse a los más pobres, al decir: “...tanta bonanza ¿ha logrado erradicar la pobreza de las áreas indígenas o vulnerables del país?”.

Lo que preocupa es que cuando una institución como el PNUD plantea estos temas tan importantes y delicados, de manera incompleta y confusa, se va perdiendo la solidez que se necesita para que los entendamos y podamos participar en sus soluciones. Es lógico que la “bonanza” –esa que es más cacareada que real– expanda la brecha, porque los más pobres del país no cuentan con los mecanismos para aprovecharla y, consecuentemente, lo que debemos analizar son los factores que obstaculizan el aprovechamiento; que son muchos y de diversas índoles.

La sociedad, a través del torcido aparato gubernamental, ha impuesto barreras que afectan a los menos equipados para sortearlas. Un estudio realizado en Estocolmo por los investigadores Andreas Bergh y Magnus Henrekson demuestra que existe una correlación entre el tamaño del gobierno y el crecimiento económico; específicamente, que un aumento de 10 puntos porcentuales en el tamaño del gobierno está asociado con una tasa de 0.5% a 1% menor crecimiento anual.

Algunos ejemplos de barreras los tenemos en la perversa educación estatal; esa que consume inmensos recursos y no educa, o peor. Todo el que ha montado o intentado abrir un negocio formal sabe bien que el Estado es inmensamente eficiente poniendo zancadillas y que las más vulnerables son, precisamente, “las capas medias de la sociedad”, porque están menos equipadas para lidiar con la “burrocracia” y la corrupción. Por algo el sector informal en Panamá supera el 40% de la actividad económica.

La clase media está compuesta por personas que comienzan a levantar cabeza, irguiéndose por encima del pantano de la pobreza; y en ese sentido es el sector de mayor potencialidad, pero también el de mayor vulnerabilidad ya que caminan al filo de la pobreza. La brecha, que podemos llamar “desigualdad”, es natural y la pretensión de que los humanos seamos capaces de igualarlo todo es irracional; particularmente si ello implica hacerlo a pesar o en contra de la voluntad o capacidad de los participantes. Pero más importante aún es entender que personas como Bill Gates, la familia Maduro, los Eisenmann y tantas otras no son el problema sino la solución, debido a que descubren y muestran los caminos de superación; y ni hablar de los puestos de trabajo y soluciones que han creado. Y si de torcidos vamos a hablar, solo los necios no ven que los torcidos pululan todo el espectro de la brecha.

Es insólito ver a un PNUD que aconseja más confiscación coercitiva para que los politicastros de este mundo tengan más fondos para el despilfarro y la corrupción. Las soluciones a la pobreza no las vamos a encontrar con proyectos estatistas que relevan a los integrantes de la sociedad de la responsabilidad que tienen en lo propio y hacia el prójimo. Es todo lo contrario, pues en la medida en que el Estado asume el rol que corresponde al ciudadano como particular, va sembrando la simiente de la dependencia y de la pobreza. El caso de los más pobres es otro y debemos verlo y tratarlo con otra visión.

Mi hermano le escuchó decir a Omar Torrijos que una de las únicas maneras de ofrecerle mayores oportunidades a los más pobres, esos que viven alejados de los centros urbanos, es atrayéndolos a esos centros urbanos en donde la sociedad puede interactuar y ofrecer mejores oportunidades. A estas mismas conclusiones han llegado algunas de las conferencias de ejecutivos de la Apede.

Lo trágico de una bonanza económica sería que no hubiese nadie preparado ni equipado para aprovecharla y, en el proceso, ir mostrando el camino, produciendo plazas de trabajo y superación. Y lo otro trágico está en quienes piensan que el Estado puede suplantar al ciudadano en todo ello. Definitivamente que necesitamos gobiernos, pero como el culantro, que es bueno pero no tanto.

Leer el informe del PNUD en el que se habla de una “justicia distributiva” es deprimente. Este organismo ni siquiera se toma el trabajo de definir lo que quieren decir con ello. La “distribución” del producto del trabajo de unos hacia otros que no lo concibieron ni trabajaron es delictiva y ni hablar de improductiva. Enseñar a pescar no es repartir, sino un compromiso personal.

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