DESPROTECCIÓN

El maltrato a los ancianos: Alberto Valdés Tola

Curiosamente, y a pesar de que en el mundo desde 2002 se firmó la Declaración de Toronto para la Prevención Global del Maltrato de las Personas Mayores (impulsada por la Organización Mundial de la Salud), en Panamá esta población se encuentra desprotegida frente a este mal social (que los afecta como grupo).

Las instituciones estatales muestran desinterés no solo por el lamentable maltrato (lo que se evidencia en la poca regulación legal que existe), sino por una inercia imperdonable y absurda frente a este fenómeno que se percibe en la cotidianidad del día a día en nuestro país.

Ahora bien, sostener que el maltrato a los ancianos es el producto nefasto de nuestros tiempos contemporáneos en que la juventud, el hedonismo y la hiperrealidad son el motor existencial de la vida, que ha imprimido sobre los imaginarios de la vejez una suerte de estigma social que propone desventuradas premisas como la muerte, la gravedad y la lentitud, no es una equivocación argumentativa. Sin embargo, la problemática es aún más compleja que esta explicación estructural, porque se reproduce constantemente en la interacción social en todos los ámbitos de la sociedad, desde lo público hasta lo privado.

De forma que alegar que los ancianos son víctimas de violencia física, sexual, psicológica emocional y negligencia no solo es advertir de la pragmática del maltrato en todos sus posibles matices, sino ubicar su realidad en patrones de dependencia. Lo que implica que, en gran parte de los casos, esto se origina en la esfera familiar (violencia doméstica). Muchos de ellos conviven con otros familiares e hijos por razones económicas, emocionales o de cuido, y esto los coloca en una desventaja lamentable en el núcleo familiar.

Por otra parte, no es extraño observar cómo los ancianos son discriminados cuando acuden a solicitar servicios, ya sea subirse en un autobús o hacer cola en un restaurante de comida rápida. Cuando van a cobrar su jubilación o su subsidio económico (100 a los 70) muchas veces son interceptados por malandrines o familiares oportunistas. En otras instancias, los adultos mayores que se acercan a algún semejante en busca de dirección o guía son abruptamente alejados por personas que los ignoran o les responden con groserías y malas caras.

Todo esto lleva a preguntar si esta problemática es de tipo estructural y aqueja a todos los ámbitos de la sociedad panameña. Si se debe a la definición que tenemos los panameños sobre la vejez y la ancianidad.

Debemos optar por construir una imagen de las personas adultas mayores que vaya en consonancia con los tiempos en que vivimos, que no solo reflejan la juventud y la sociedad hedonista de consumo, sino el inminente envejecimiento sociodemográfico.

Socialicemos la idea de una vejez saludable y amigable basada en la empatía y aprecio hacia la población que se encuentra en ese rango de edad, y sobre todo, tratémoslos como personas y no como ciudadanos de quinta categoría.

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