CORRUPCIÓN

Es la misma vaina: Berna Calvit

A propósito de los más recientes escándalos, viene a cuento Un día de estos, un magistral cuento de García Márquez que no es tan cuento nada. Por limitación del espacio lo resumo. Trata del alcalde que llega al consultorio del dentista del pueblo con un dolor de muelas que lo ha estado atormentando durante varios días; el dentista le saca la muela al alcalde y este, al marcharse le dice: “Me pasa la cuenta”. “¿A usted o al municipio?”, pregunta el dentista. “El alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la tela metálica: “Es la misma vaina”. La corrupción, en miles de formas, no es moda pasajera; a lo largo de la historia del hombre siempre ha existido; según las circunstancias se camufla, utiliza los recursos que la facilitan y perfeccionan (leyes y reglamentos, entre otros) y, por razones obvias, suelen favorecer a los jerarcas de la política y el poder económico. Y tan campante como el Johnnie Walker del whisky se cuela triunfante en todas las esferas de la sociedad.

La corrupción ha sido documentada por algunos historiadores; uno de los más antiguos casos, la profanación de tumbas con la complicidad de un funcionario, sucedió durante el reinado del faraón Ramsés IX; Demóstenes, un brillante orador e importante político ateniense, nacido en Atenas, en el 384 a. C. “metió la mano” en un dinero depositado en el Acrópolis y fue condenado; Talleyrand, aristocrático político y diplomático francés hizo lo suyo y en grande, al igual que otros sonados personajes de la historia. En Roma, el poderoso caminaba entre sus “clientes” y entre más “clientes” lo acompañaban más se le admiraba; en sus manos estaba dar ayuda económica; esta exhibición de poder era llamada adesectatio que en Panamá es la plaga de “manzanillos” que anda pegada del poderoso para halagarlo, conseguir favores o para impresionar a otros con su cercanía al poder; los puestos políticos se gestionaban por medio del commendatio (“palanca”, entre nosotros). Acá, lo sabemos, el Presidente cuenta con un nutrido séquito en la Asamblea Nacional; funciona prácticamente oficializado, a juzgar por las declaraciones del ministro De Lima, la inacción de la contralora Bianchini y de todos los que tienen que ver con el manejo del dinero del Estado. En esta toma y daca nada es gratis, todo tiene precio. El que necesita la aprobación de las leyes que le interesan (pocas veces para beneficio del pueblo) ofrece a cambio dinero del Estado disfrazado de “partidas”, de las que los diputados pueden disponer a su antojo. La palabra conciencia estorba en el recinto legislativo.

Usar recursos del Estado para proselitismo, viajes de placer y compras (disfrazados como congresos, seminarios, etc.), coimas, nepotismo, etc., es práctica profundamente arraigada, corrupta y corruptora. El antiguo FES (Fondo de Emergencia Social), después llamado FIS (Fondo de Inversión Social) y ahora PAN (Programa de Ayuda Nacional), ha devenido en una oscura cueva de trapisondas que han quedado sin resolver, dándole tiempo al tiempo para que caigan en el olvido. Como FES fue creado por el presidente Endara; su primer director, Aurelio Barría, dice que “la institución no fue concebida como centro para dar partidas circuitales a los legisladores”. Cuando Martinelli buscaba votos como candidato dijo que acabaría con el FIS, “foco de corrupción”; le cambió el nombre a PAN y se quedó con el útil foco de corrupción. El gobierno Martinelli ha triplicado los fondos del PAN; Torrijos lo dejó en $49.5 millones; en 2012 el gobierno actual lo llevó a $125.6 millones de los cuales $114 son para “inversión”. A juzgar por las noticias en varios diarios durante las últimas semanas, el frenesí de la “inversión” ya arrancó y con negocios de jugosas ganancias para los que venden al PAN los productos que, según se aprecia en reveladoras fotografías, son “inversión” para la campaña electoral. Que un diputado monte un berrinche y se haga el ofendido porque lo muestran “donando” productos pagados con fondos del PAN es absurdo. Y nos falta el respeto el empresario que le vende al PAN en $150 cada lámpara solar que compró en $21 y responda, ante pruebas en blanco y negro, “soy una persona que hace patria... no tengo que dar explicaciones de mis actividades privadas”. ¡Vaya manera de hacer patria! ¿De veras cree que la empresa privada que lucra con nuestro dinero no tiene que dar explicaciones por una transacción con tan escandaloso margen de ganancia? ¿Tan buenos amarres tiene como para que responda en ese tono? ¿Qué papel juega la auditoría de la Contraloría en estas transacciones? Una sencilla operación aritmética indica que entre $21 y $150 hay una diferencia de $129 por lámpara solar. ¿Toda la ganancia para el empresario, para él solito, sin tener que repartir nada?

Dos diputados, ambos tránsfugas, tienen razones de sobra para estar preocupados; uno compra cuatro apartamentos de lujo por $712 mil 250, eso sin contar otros negocios y propiedades; el otro diputado compra dos por $293 mil. No son los nombres lo importante en las noticias; lo destacable en todas estas revelaciones es el tufo que despiden estas transacciones. Y peor, la casi certeza de que en estos cambalaches, para estos y otros funcionarios y empresarios, lo suyo y lo del Estado, “son la misma vaina”, como dijo el alcalde del cuento de García Márquez.

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