ADULTOS MAYORES

Un modelo de atención: Clarissa Botello

Estuve de visita en Costa Rica, un país hermano y cercano. Soy especialista en geriatría pero, como panameña, fue para mí una gran alegría y a la vez una decepción haber visto un Hospital Nacional de Geriatría y Gerontología de la Caja de Seguro Social Costarricense y visitar sus instalaciones.

Alegría porque es emocionante saber que aún hay gente que se preocupa por los ancianos, y porque el Gobierno vecino atendió la lucha de los médicos que trabajan para procurarle a los adultos mayores una mejor calidad de vida.

Alegría porque escuché a personas mencionar que ansiaban llegar a los 65 años (edad inicial reconocida del adulto mayor) para ser atendidas en ese maravilloso hospital, donde los cuidados y las sonrisas abundan; donde desde el agente de seguridad, la secretaria, hasta el médico, mostraban interés particular por el bienestar de los pacientes y respetaban su lentitud al caminar, pensar y hablar...

Decepción porque no veo algo parecido en mi país. Aquí muchos consideran como una pérdida de tiempo demorarse más de una hora con un paciente que, con su particular lentitud, requiere y ansía ser escuchado y atendido no solo con calidad, sino con calidez.

Caminar por los pasillos de aquel hospital y leer los carteles escritos por los adultos mayores que hablaban de sus derechos, o los murales que mostraban lo hermoso que es envejecer, me recordaba la razón por la que estudié geriatría.

Pude observar cómo se planteaban las metas de rehabilitación para los ancianos; cómo un hospital era dedicado exclusivamente para resolver sus múltiples problemas; cómo un gran y capacitado personal de salud se desvivía por lograr su recuperación inmediata y posible, y especialmente, cómo se lograban estas metas con los pacientes dados de alta, satisfechos, sin el estigma de ser “una carga para la sociedad”, como se hace ver.

Muchos piensan, incluso médicos especialistas de otras áreas, que la geriatría es la especialidad del fracaso, porque supuestamente solo nos corresponde evaluar a los pacientes que ya están en “fase terminal”, por quienes no hay nada que hacer, debido a que su edad cronológica habla por sí misma... y que un “viejo” de 80 años ya no merece más que una cama para “morir en paz”. Muchos consideran que tras un “derrame” cerebral, el paciente queda desahuciado, triste y peyorativa palabra. Esto es una gran falsedad y, como persona de fe, creo que solo Dios tiene la última palabra. Los geriatras hablamos de funcionalidad, no de edad. La poco conocida edad funcional es la real predictora del pronóstico de cada uno, o de la capacidad del adulto mayor para valerse por sí mismo. Para lograr que esto pase, no es necesario un hospital grande con ancianos “moribundos”, sino la atención integral individualizada, la prevención en todos sus niveles y la promoción de la salud desde los inicios del envejecimiento. De esto se trata principalmente nuestra especialidad.

Por eso, lo ideal es un centro hospitalario dedicado a prevenir que el paciente pierda sus funciones o la capacidad de valerse por sí solo. Cuyos especialistas incidan de forma temprana en la merma de la visión, audición o en un simple dolor de rodilla que le podría provocar inmovilidad y pérdida de la funcionalidad. “Lo que no se usa se pierde”.

Las expectativas de vida, en Panamá y el mundo, aumentan cada vez más. Muy pronto los ancianos corresponderán al mayor porcentaje de la población, y es triste que el Hospital Geriátrico de Panamá, un espacio muy pequeño dedicado solo para ellos, fuera derribado para construir espacios, supuestamente, más necesarios que el de nuestros queridos abuelos.

Si dejáramos de temerle a la vejez y aceptáramos que, por naturaleza, todos envejeceremos; si dejásemos de pensar o creer que “ser viejo” es sinónimo de no merecer nada, ¿sería posible empezar a construir un hospital como el que he visto? ¿Será que los ancianos panameños no lo merecen? ¿Cómo es posible que un país menos privilegiado que el nuestro en materia económica piense como de primer mundo, y sus especialistas se autodefinan como “líderes en la atención de las personas mayores”? Y nosotros, ¿qué haremos por nuestros adultos mayores?

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