FOMENTO CULTURAL

Nuestra música sin fronteras: Eduardo Charpentier De Castro

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En esta vorágine social en que vivimos quedan muy rezagadas las expresiones artísticas. Como complemento fundamental en la formación integral del panameño es imprescindible el aporte de las bellas artes, siendo la música clásica parte importante de ellas.

Es nuestro pasado el que indica el camino que nuestra generación debe continuar, pues la historia nos demuestra la importancia que ha tenido la música en Panamá. En 1904, se crea el Instituto de Bellas Artes, la Escuela de Música y se autoriza la construcción del Teatro Nacional. Así la República de Panamá se consolidaba como una nación culta ante los ojos del mundo.

En 1909, nuestra primera Orquesta Sinfónica presenta su primer concierto y, en 1910, el Conservatorio Nacional de Música y Declamación inicia su labor educativa. A pesar de que en 1918 el Gobierno retiró su apoyo oficial a la educación musical, los intelectuales junto con los artistas unieron sus fuerzas para continuar con las actividades musicales en el país.

De 1920 en adelante, la Banda Republicana se convirtió en el más alto exponente grupo sonoro, y los sábados Literarios Musicales del Instituto Nacional, la Orquesta Nacional, las continuas presentaciones de zarzuelas, ópera y ballet, el Cuarteto de Cuerdas Panameño y la Orquesta de la Unión Musical de Panamá mantuvieron vigente el arte musical.

Necesitábamos un presidente, con una formación integral, que apreciara las bellas artes y supiera, al igual que nuestros próceres de 1904, ubicar a la música clásica en el sitio que les correspondía. El destino siempre ha sido benigno con Panamá.

En relación con el tema que nos ocupa, encontramos al estadista que necesitábamos en el doctor Arnulfo Arias. Como Presidente de la República incorporó la música a su gestión gubernamental. En 1941 crea, de forma oficial, la Orquesta Sinfónica Nacional de Panamá y, también en ese año, el Conservatorio Nacional de Música y la Declamación. El Conservatorio contribuiría a la formación de nuestra juventud, pues además de sus estudios primarios y secundarios, los que así quisieran, obtendrían una educación musical.

La Orquesta Sinfónica además de ofrecer conciertos regulares para el público local, nos representaba universalmente al ejecutar obras de históricos compositores e invitar a solistas y directores, huéspedes, de renombre internacional. El Conservatorio Nacional de Música y Declamación fue reemplazado por el Instituto Nacional de Música, en 1953.

Considero que, en 1972, cuando se creó el Departamento de Música, hoy de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Panamá, el Instituto Nacional de Música en vez de duplicar los cursos teóricos que imparte el Departamento, tal como nuestros próceres y Arnulfo Arias tan acertadamente lo establecieron en 1904 y en 1941, debía volver a instituirse como Conservatorio Nacional de Música encargado de la enseñanza instrumental. La Orquesta Sinfónica ha seguido con su correspondiente labor.

El gobierno actual, en el que todos los panameños hemos depositado nuestras esperanzas –seguro estamos– dotará a la Sinfónica de una sede permanente para archivar su repertorio y efectuar sus ensayos, como uniforme el frac debe continuar.

Hemos llegado al siglo XXI y, como músicos profesionales, nuestra contribución al país consiste en divulgar la música panameña a nivel internacional. El folclore local es una fuente inagotable de arte autóctono y merece proyectarse al mundo. Las obras musicales escritas en partituras, con notas que pueden ser interpretadas por los músicos alrededor del mundo, son las que posibilitan la divulgación de nuestra música en el extranjero.

Las obras de cámara y orquesta locales tienen influencia de la música folclórica. Varias de estas composiciones ya han sido interpretadas por concertistas y orquestas sinfónicas de América y Europa. Discos compactos, como la serie Nuestra Música sin Fronteras I y II, presentan 22 composiciones ejecutadas por la Orquesta Sinfónica Nacional.

Compositores panameños como Ovidio Alba, Clarence Martin, Eduardo Charpentier Herrera, Vicente Gómez Gudiño, y Ricardo Fábrega, enriquecen estas joyas grabadas en conciertos auspiciados por el Instituto Nacional de Cultura, labor de rescate, promoción y transmisión de nuestra cultura musical, que debe continuar para beneficio de las actuales y futuras generaciones.

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