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ZONA GRIS

La negligencia médica, en la mira: Haydée Méndez Illueca

Al contrario de lo que sucede, por ejemplo, en Estados Unidos, donde más bien se abusa de las demandas por negligencia médica para conseguir resarcimiento, en Panamá todavía los galenos son una especie de semidioses intocables.

Aquí muchas personas, entre las que me incluyo, han sufrido los efectos de esta negligencia en carne propia o de un familiar y nos sentimos indefensos ante el círculo que enseguida cierran en torno a los suyos. Esto se ha hecho patente en la sociedad civil con el inicio de una campaña ciudadana. Es hora de que respondan en forma más objetiva ante las autoridades judiciales.

Los fiscales, no siendo parte del círculo, necesitan basar su investigación en peritos médicos que tengan un sólido conocimiento del procedimiento investigado, para determinar si hubo violación del deber objetivo de cuidado o falta de previsión. La culpa puede ser el resultado de negligencia, imprudencia o impericia.

La primera puede ser consciente y se comete cuando el médico, conociendo que la conducta podría tener un resultado contrario al que se quiere, se arriesga y aplica el procedimiento creyendo que no se va a producir ese resultado. También puede ser inconsciente y ocurre cuando no se conoce la posibilidad de que ocurra el resultado no querido, pero si hubiese observado la diligencia exigible lo hubiera evitado.

La imprudencia es cuando se toma una acción de la que había que abstenerse porque se sabía peligrosa.

Por último, la impericia es la incapacidad técnica para realizar un procedimiento por ignorancia; como por ejemplo, si un médico recién graduado y sin experiencia efectúa una operación de neurocirugía.

En otros campos, la actuación de los profesionales es investigada por sus colegas, porque comprenden que esta es la única forma de mantener una alta calidad de la profesión. De todas las carreras, la abogacía es la más vilipendiada y, sin embargo, tenemos nuestro tribunal de honor que investiga, sin piedad, cualquier anomalía en nuestras gestiones. No obstante, en el horizonte panameño no se divisa un solo médico que admita jamás que hubo mala praxis por parte de un colega. Es lógico que cada cual defienda su profesión, pero no a ultranza y sin investigar los hechos.

En nuestra legislación hay pocas disposiciones especiales sobre el tema; sobre todo, falta una juiciosa elaboración doctrinaria y jurisprudencial, por lo que es inevitable que nuestros jueces, en la práctica, tengan que tomar decisiones casuísticas y aleatorias, apoyándose en el testimonio de peritos médicos que muchas veces no son objetivos y, por lo que ellos consideran lealtad a su profesión, testifican a favor del imputado. En realidad no la están defendiendo, sino todo lo contrario. Faltan peritos médicos que analicen objetivamente la conducta del imputado; esta es la forma correcta de defender su profesión.

No se trata de criticar esa noble ocupación ni a los hombres y mujeres que la desempeñan con dedicación y sacrificio. Pero se tiene que admitir que vivimos en una sociedad en la que pensar en el dinero ha invadido a todas las carreras, y no se puede pretender que los médicos, que también son producto de ella, permanezcan incontaminados.

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