ACEPTACIÓN DE LA VIOLENCIA

¿Qué es lo normal?: Alexander A. Alleyne Botacio

¿Qué es lo normal?: Alexander A. Alleyne Botacio ¿Qué es lo normal?: Alexander A. Alleyne Botacio
¿Qué es lo normal?: Alexander A. Alleyne Botacio

Explorar e interpretar la conducta individual en un entorno social es una de las actividades más complejas de las disciplinas sociales. El presente impulsa un abordaje integral, más allá de lo trillado del concepto, supone despojo del protagonismo permeado por la aparente ejecución de planes, programas u otros mecanismos, algunos con profundos rasgos equívocos de efectividad. El presente criminológico lleva a cuestionar la normalidad de los hechos. Está comprobado que el individuo aprende patrones de conductas, y la violencia es uno de estos. La recurrencia de actos violentos impulsa a que sean vistos por la sociedad como algo “normal”.

Reflexionemos. En la década de 1990 se registraron crímenes atroces, difundidos por los medios de comunicación: el caso de Amparo Morales y el de Oristela Batista, que cayeron en manos de sujetos con personalidad psicópata. A Morales, su victimario la asesinó y descuartizó en la residencia de sus padres, en septiembre de 1995. En tanto, Oristela Batista recibió 32 puñaladas y su cuerpo fue abandonado en una cuneta. Sus asesinos tenían un largo historial delictivo. Ambos hechos representan la génesis de una serie de actos con profundos rasgos de perversidad y crueldad, sin precedentes en la dinámica criminal del país.

Otro caso reciente es el de los jóvenes chinos de La Chorrera, que fueron secuestrados, asesinados y enterrados en la sala de una residencia ubicada en el sector de El Trapichito.

Algunos rasgos de esta violencia, identificados en las muertes por traumas, a través de un informe elaborado en el 2013 por el Observatorio de Seguridad Ciudadana de la Cámara de Comercio, Industrias y Agricultura de Panamá, en conjunto con el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses, apuntan a determinadas características. En el 87% de las muertes por trauma se utilizaron armas de fuego, y en el 13%, armas blancas. La mayoría de las víctimas fueron hombres, tendencia que se mantiene en el presente. El 20% de las víctimas se ubicaba en el grupo de edad de entre 20 y 24 años; el 18% tenía como actividad laboral la construcción; el 13% eran personas independientes o desocupadas; el 12% ayudante general o estudiante. Sin dejar de lado el comportamiento casi epidémico de la muerte de mujeres, en su mayoría a manos de su expareja, con claros rasgos de violencia extrema y uso de armas blancas.

Cabe preguntar: ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué la sociedad no se indigna ante los hechos de igual proporción en el presente? Con riesgo de caer en impresiones conceptuales y rebasar las fronteras de otras disciplinas, las explicaciones pueden ser varias. Algunas se relacionan con un proceso de asimilación social de la conducta y los casos criminógenos. Lo asimilado nos lleva a valoraciones de normalidad o indiferencia frente a lo que ocurre. La reacción ciudadana ante las muertes enmarcadas en factores de pandillerismos y rencillas tiene expresiones colectivas que pueden interpretarse como escarnio, de forma coloquial “la debía”. Esto, sin duda, comprueba que el crimen se acepta como socialmente natural.

La presentación reiterada de los actos de violentos en los medios de comunicación condiciona al colectivo a la construcción de una valoración de normalidad o indiferencia. Desde otra perspectiva, las respuestas ante tal proceso pueden encontrarse en el contexto institucional, llamado a regular la conducta colectiva e individual a través de procesos, normas y mecanismos varios, o del ejercicio del control social, que carecen de legitimidad.

Respecto a lo anterior, los resultados de la Segunda Encuesta de Victimización y Percepción Social de la Seguridad, elaborada por el Observatorio de Seguridad Ciudadana, identificó en el 2013 que el 53% de las víctimas de algún delito no lo denunciaba. De ese porcentaje, un 31% dijo que la razón de no denunciar era “desconfianza en la autoridades”, seguido de la ausencia de pruebas (16%) y miedo a represalias (14%). Ese comportamiento se vincula a la indiferencia, que tiene sustento en la respuesta institucional como otro factor de asimilación de la violencia.

Aquello que categorizamos como lo normal en una sociedad pasa por un proceso continuo y sistemático hasta lograr internalizarse en la conciencia colectiva. Hoy pareciera gozar de mayor aceptación la magnitud de un crimen. Por ejemplo, es más viable indignarse por la pérdida de la selección de fútbol que por las muertes que en lo cotidiano se dan, por más atroces que sean. Es impostergable construir una institucionalidad con características robustas, con capacidad de adecuarse en el tiempo, que le brinde a los ciudadanos la confianza de expresarse y hacerle frente a las amenazas inherentes al crimen, a través de procesos de judicialización en derecho que satisfagan las demandas de los ofendidos. De lo contrario, la población profundizará su desconfianza, y las expresiones disfuncionales se harán norma, reafirmando el tránsito hacia una sociedad en la que la conducta violenta rebasará las reglas pacíficas de convivencia.

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