EL MALCONTENTO

El onanismo de los Miró: Paco Gómez Nadal

La cultura muestra, a veces, preocupantes tendencias onanistas. No es que esté yo en contra de la autosatisfacción o de proporcionarse placer sin ayuda de terceros, pero es cierto que en la cultura esas tendencias suelen llevar al aislamiento, la parálisis, la lenta agonía. La razón para este hipotético suicidio cultural es clara: no hay creación cultural que aguante si no hay público que la goce, la sufra, la comente, la altere, la haga suya (para bien o para mal).

Es evidente que en el caso de las letras el asunto es más obvio. Un texto no empieza a serlo, en realidad, hasta que no es leído y, por tanto, usado. Por eso me atrevería a decir que los premios Ricardo Miró, si no logran abrir nuevas trochas para contactar con el panameño del común, terminarán convirtiéndose (si no lo son ya) en un acto social anual onanista para transmitir una doble sensación falsa, pero tranquilizadora: que en Panamá las letras son importantes y que el Estado las cuida.

Ambas premisas son dudosas. El número de librerías en el país y su contenido (que no solo por denominarse librerías hay que presuponer que lo son) es escaso y precario. Lo de las bibliotecas (excluyendo la Nacional en la capital) es asunto de necrológica. Los sucesivos premios Miró impresos en las herrumbosas imprentas del Instituto Nacional de Cultura (Inac) suelen ajarse en las bodegas de esta institución (sin rumbo y sin peso político) antes de llegar a algún lector. La ciudad de Panamá está orgullosa de una Feria del Libro más social y esotérica que literaria, y no hay rastro de un plan nacional de estímulo de la lectura ni hay incentivos para las creadoras y creadores. No hay nada que celebrar excepto unos premios con poco lustre que solo le interesan a los medios de comunicación dominantes. Pregunten a un ciudadano por la calle cuál fue el último premio Miró y después eviten cometer suicidio.

Aleida de Gracia, directora del desconocido departamento de letras del Inac, se mostraba este año orgullosa por el récord de trabajos recibidos. Yo creo, siempre lo he creído, que las cifras del Ricardo Miró son un reflejo del panorama dramático de la cultura escrita en Panamá: 205 obras para 6 categorías. La funcionaria nos cuenta cómo esta ha sido la mejor cosecha en los últimos 20 años pero, así, fríamente, sin ser muy malos…¿es normal que solo se presenten 22 ensayos al máximo premio nacional de las letras?, ¿nos parece un buen síntoma que solo existan 4 novelistas con el ánimo de concursar?

El Ricardo Miró solo legitima una realidad de pobreza cultural que no es culpa ni del país ni de sus creadores ni de los lectores, sino de la falta de políticas públicas culturales serias y sostenidas en el tiempo que parta de las aulas y llegue hasta los hogares. Escribir no es cool, leer tampoco. Cualquier muchacho o muchacha de 13 años que haya participado en el mediático concurso nacional de oratoria es más conocido que el veterano Ariel Barría Alvarado, que este año ha sumado su quinto Ricardo Miró para seguir siendo tan anónimo antes de comenzar su carrera “literaria”.

No es la primera vez que reclamo desde estas páginas la necesidad de políticas culturales serias. Jamás ha ocurrido nada. No es que yo piense que yo tengo algún poder, pero siempre imagino a las creadoras y creadores haciendo un plantón y negándose a recibir los premios, o a los editores anunciando que no van a la Feria del Libro hasta que no haya una política de estímulo del mercado editorial, o a los poetas en manifestación por la Central marchando hasta el paseo Esteban Huertas para, una vez allí, cometer un simbólico suicidio poético, ante el hambre de lectores y de imprentas…

Un país que no provoca, alimenta, cuida y divulga su cultura es un país condenado a ser un territorio para piratas, para colonizadores, para mediocres. Conozco la riqueza y la calidad de muchas escritoras y escritores panameños. La conozco y suelo presumir de ella, pero ni el Inac ni las supuestas industrias culturales están a su altura ni corresponden a su esfuerzo.

El onanismo de los premios Ricardo Miró solo provoca satisfacción durante el breve orgasmo del acto de entrega de los pergaminos (este año, por cierto, de un patriarcal subido). Es pequeñísimo paréntesis durante el cual parece que las letras importan. No es verdad, y lo sabemos. Mirar hacia otro lado no sirve de nada.

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