FRENOS NECESARIOS

Los oportunistas profesionales: Felipe Echandi Lacayo

Como ocurre una vez cada quinquenio, el asedio publicitario de cientos de aspirantes a puestos de elección popular ha comenzado. Basta con salir a alguna vía principal (o no tan principal) para ver los postes empapelados por volantes y anuncios de individuos prometiéndonos el oro y el moro. Sin ánimo de ser pesimista, cada vez que veo una de estas vallas no puedo evitar pensar que la gran mayoría de estos seres que se presentan como ángeles que nos solucionarán la vida, simplemente se meten en política para beneficiarse ellos y a sus allegados del poder político que obtendrán. “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”, decía el gran Lord Acton hace ya más de un siglo.

¿En dónde deja esto el deseo de instituciones fuertes, transparencia y respeto a los derechos fundamentales y libertades ciudadanas? Día tras día vemos cómo miembros de la sociedad civil nos recuerdan estos temas, pero, ¿realmente los políticos tienen interés en promoverlos una vez lleguen al poder? Si por la víspera se saca el día, la respuesta parece ser un rotundo “no”.

La gran mayoría de los políticos no son más que oportunistas profesionales. Como los surfistas buscan agarrar una buena ola que los lance hasta la playa, los políticos olfatean lo que la población más desea y simplemente se montan en la ola de la opinión pública. La espeluznante conclusión a la que debemos llegar si admitimos el oportunismo casi inherente de la mayoría de los políticos es que la ola de opinión a favor de mayor institucionalidad, transparencia y respeto a los derechos fundamentales no parece ser lo suficientemente grande como para que los oportunistas profesionales quieran agarrarla como bandera.

En su genial obra, Camino de servidumbre, el premio Nobel F. A. Hayek explica que existen tres principios negativos de selección que favorecen que sean oportunistas profesionales y no personas íntegras quienes lleguen al poder. En primer lugar, dada la ausencia de uniformidad y la enorme diferencia en las escalas de valores entre los habitantes de un territorio, los líderes que tienden a ser viables son aquellos que apelan a los valores de los votantes menos originales y menos independientes. Estos lamentablemente tienden a ser la mayoría de los votantes que naturalmente no se interesan por la política, sino que buscan sortear sus problemas del día a día.

En segundo lugar, el líder oportunista tiende a apelar a los oídos de los más dóciles e ingenuos. Aquellos sin principios fuertemente arraigados tienden a aceptar más fácilmente sistemas de valores prefabricados, en especial si estas personas son expuestas a ellos de forma intensa y frecuente.

En tercer y último lugar, Hayek indica que tal vez el criterio negativo de selección más poderoso es que parece existir una tendencia para que las personas acepten un programa negativo por encima de uno positivo. El odio a un enemigo, la envidia de quienes tienen más o en general el contraste entre “nosotros” y “ellos” parecen ser los ingredientes que los oportunistas utilizan no solo para conseguir apoyo para una política pública en específico, sino para obtener la lealtad ciega de las masas.

Dada la aparente tendencia a que los oportunistas profesionales sean quienes lleguen a la cima, conviene que nos preocupemos de controlarlos en caso de que realmente quieran hacernos daño. Para lograr este cometido no basta con tener una Constitución bien escrita; tampoco es suficiente con tener instituciones bien establecidas. Lo que debemos poco a poco lograr es que ciertos actos sean censurados tan fuertemente con la opinión pública, que los oportunistas profesionales se sientan incentivados a no cometerlos o en caso de hacerlo, que no tengan más remedio que renunciar a sus cargos. Esto ya es una realidad en ciertos lugares del mundo. En Alemania ningún político se atrevería seriamente a negar el Holocausto. En Estados Unidos ningún funcionario se atrevería a defender la esclavitud. ¿Por qué en Panamá no podemos tener exigencias similares en cuanto a la corrupción o el abuso de poder? Lamentablemente, esta exigencia no puede surgir hasta que una gran parte de la población esté dispuesta abiertamente a sancionar moralmente a quienes abusan de la confianza de los electores.

Sin eximir de responsabilidad a quienes buscan engañar al pueblo con sus promesas vacías, es hora de reconocer que los problemas de la sociedad no serán solucionados de la noche a la mañana por un pequeño grupo que gane una contienda electoral. Los problemas sociales son solucionados de forma duradera solo por la cooperación voluntaria entre individuos comprometidos con una causa. Si bien este parece ser un camino más tortuoso y lento, es la única forma de evitar darle más y más poder a oportunistas profesionales, que bajo la excusa de solucionarnos la vida, tendrán también el poder de destruirla.

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