REVERTIR LA IGNORANCIA

La historia panameña y su enseñanza: Carlos Guevara Mann

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Luego de varios años a cargo de un curso universitario de Historia de Panamá, no deja de llamarme la atención el casi nulo conocimiento que sobre esa materia tiene el estudiantado. Si, por una parte, es satisfactorio escuchar a los alumnos decir, al final del semestre, que la clase les abrió perspectivas insospechadas, por otra, es deplorable corroborar, repetidamente, el fracaso del sistema educativo en aportarles tan siquiera los elementos fundamentales de nuestro pasado.

Ya se ha vuelto un lugar común, tedioso y desgastado, decir que las principales fechas nacionales son desconocidas por la juventud. Si los jóvenes no saben qué se celebra el 28 de noviembre o qué se conmemora el 9 de enero, menos aún tienen nociones acerca de los principales eventos y procesos históricos que contribuyen a determinar nuestra actualidad y condicionan, en alguna medida, las posibilidades que se nos presentan hacia el futuro.

Uno de los capítulos desconocidos por las generaciones más recientes es el que corresponde a la dictadura militar, que irrumpió en el escenario nacional hace 46 años este octubre. La naturaleza y esencia del régimen, sus hitos principales y las circunstancias de su desenlace fatal no figuran en el radar de cientos de miles de panameños.

Semejante desconocimiento contribuye a la apatía ciudadana, la credulidad frente a manipulaciones del registro histórico con fines de promoción partidista y la indiferencia ante situaciones que hacen peligrar la institucionalidad democrática.

Los partidarios del régimen castrense –todavía los hay– aducen falsamente que el golpe de 1968 obedeció al deseo de la Guardia Nacional de adecentar la política panameña, sumida en un pantano de corrupción e ilegalidades. Que hubiese en el antiguo régimen serios problemas de transparencia y respeto por la voluntad electoral, no cabe duda. Pero el argumento de que la Guardia Nacional tenía como objetivo corregir esos males carece de conexión con la realidad.

De todas las entidades del antiguo régimen, la más corrupta era la Guardia Nacional. Sus oficiales estaban involucrados en numerosas ilegalidades, desde el tráfico de armas, drogas y personas hasta el contrabando, la “bolita” y el chance clandestino. Además, muchos de sus miembros, incluyendo los que luego llegaron a ocupar las posiciones más encumbradas de la dictadura, eran espías pagados de los servicios estadounidenses de inteligencia.

Ningún interés tenían los golpistas por ponerle un punto final a ese sistema de corrupción e ilegalidad. Por el contrario, deseaban protegerlo y promoverlo. Por eso tumbaron al Dr. Arnulfo Arias Madrid, pues en ejercicio de sus facultades constitucionales y legales como presidente de la República, el Dr. Arias se propuso desarticular la mafia enquistada en la Guardia Nacional, a través del traslado y destitución de sus más conspicuos oficiales.

Luego del golpe, para justificar su burda usurpación del gobierno, la dictadura hizo circular una serie de fábulas encaminadas a justificar su ejercicio arbitrario del poder. Entre ellas, que el cuartelazo se dio para iniciar un “proceso revolucionario” cuyo objetivo era afianzar la soberanía nacional y mejorar las condiciones de vida de la población.

Esta versión, espuria y falaz, es la que, en ausencia de programas serios para la enseñanza de la historia, continúa diseminándose por los voceros de la dictadura y un personal docente carente de instrucción histórica y cívica. Lo poco que se dice a los jóvenes acerca de nuestra historia viene empaquetado en ese envoltorio fraudulento.

Peor aún, los esfuerzos que se han llevado a cabo por darle a la enseñanza de la historia un contenido sustancioso y fidedigno han fracasado, en ausencia de voluntad política y como consecuencia de la firme resistencia de los reductos dictatoriales que sobreviven en el sector público.

El resultado es una pésima formación que afecta nuestro desarrollo en muchos ámbitos, sobre todo en la esfera política. El bajo nivel intelectual de los políticos criollos no solo les impide expresarse adecuadamente. Reduce, además, sus posibilidades de proveer soluciones creativas a los problemas nacionales y los pone en desventaja frente a interlocutores extranjeros con sólida preparación y plena conciencia de los antecedentes históricos de sus propios países.

Es alentador que el Movimiento pro Rescate de la Identidad Nacional, liderado por la culta e incansable Dra. Ana Elena Porras, se haya empeñado en afianzar el contenido histórico de los programas educativos. Revertir las condiciones de ignorancia prevalecientes tomará muchos años, pero en algún momento hay que iniciar la tarea.

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