UNA SOCIEDAD CORROÍDA

Del pantanal y las lolitas: Berna Calvit

Nada puedo agregar sobre el pantanal en que una tanda de corruptos tiene sumido al país. Somos víctimas llenas de vergüenza y de rabia; impotentes porque en el juego del monopolio del poder y la justicia no contamos; solo tenemos derecho a escandalizarnos, a protestar en las redes sociales y a alguna que otra escuálida marcha porque el pueblo, los ciudadanos de a pie, hemos perdido el espíritu combativo (pacífico) por luchas por el bien común (justicia, honestidad, equidad); solo se protesta egoístamente “por lo que a mí me afecta”.

A los grupos organizados y a los que tenemos claro el costo de la corrupción se nos desdeña, mientras con engañosas tramas de luces y de sombras los pillos ganan tiempo para restar importancia al peligro del pantano. Mi convicción de que la democracia, aunque imperfecta, es el mejor sistema para el Gobierno del país me impide considerar que darle un “chancletazo” definitivo a la Asamblea Nacional y a la Corte Suprema de Justicia sería lo mejor. Creo que por ese deseo reprimido soñé que era presidenta; que tenía reunidos ante mí a todos los magistrados; dejé que soltaran la lengua y cuando cada uno soltó lo que sabía sobre los otros, les pedí la renuncia; a unos por chismosos, a otros por coimeros, encubridores, consentidores, vagos, pusilánimes, aprovechados, etc. Después me presenté en la Asamblea y de los 71 diputados solo me quedé con 6. ¡A la porra con la separación de poderes! Si irrespetan sus cargos, ¡fuera! A poner orden en el país a ver si así aprenden, decía mientras soñaba.

No solo está corroída la política. También lo está la sociedad en general. Los adultos somos malos ejemplos; los políticos, ¡qué decir! Los niños crecen con patrones culturales dañinos y lo agrava, y está fuera de nuestro control, lo que los medios de comunicación ofrecen, especialmente televisión e internet. Esa batalla la tenemos perdida. Pero otros aspectos esenciales en la educación y la formación de los niños en el hogar deberían estar en nuestras manos; soltar la batuta de la autoridad con los hijos es fácil, pero no soltarla es mejor, rinde buenos frutos.

Una niña de aproximadamente siete años que vi hace unos días me puso a darle vueltas al tema: parecía una niña-mujer. Me causó tal impresión que a pesar de la revoltura que me provocan el desparpajo de Ayú Prado y el cinismo de Ricardo Martinelli, me siento obligada a escribir sobre la niñez perdida, la niñez sin niñez.

Los tiempos han cambiado, pero, ¿quién compra la ropa de niños de esa edad? ¿Cuándo dejó de corresponder a los padres servir de guía, consejeros, de hacer el papel de malos cuando es necesario ejercer el derecho al no si lo que desea el niño es inapropiado? ¿Por qué permitir que una niñita se maquille los ojos, se pinte los labios y vista ropa que la puede hacer atractiva a los ojos de algún pedófilo? El sexo vende; por ello los anunciantes de licores, autos, ropa, muebles, llantas, etc., contratan voluptuosas jovencitas como “gancho” para atraer las miradas hacia el producto. Pero es absolutamente rechazable que se sirvan de niñitas para presentarlas tipo Lolita, la niña-mujer que en un rol cargado de sensualidad y erotismo llegó al cine encarnada en Brooke Shield con el título de la polémica novela del autor ruso Vladimir Nabokov que desarrolla la atracción enfermiza del padrastro hacia la niña. No era la primera vez que el aspecto de una niña me recordaba a Lolita.

¿Es por vanidad de los padres de esas criaturas, que aún no ha perdido la candidez propia de la niñez, que les permiten vestir ropa tan ajustada que resalta la figura espigada, los pliegues en el cuerpo de la niña? Permitirles el maquillaje ¿es mensaje de que la belleza está en el lápiz labial, la sombra de ojos, el rímel? Si desde pequeñas se les celebra que imiten modelos adultas en revistas y televisión, (niñera por excelencia de los niños), el pasar de los años mostrará los resultados de mensajes tan erróneos; se saltarán la bella etapa de la niñez despreocupada, de la “bocachera”, la cabellera al garete, las rodillas raspadas. Muchos de los juguetes para niñas, muñecas principalmente, se diseñan enfatizando el valor de la belleza física, la importancia del guardarropa, los peinados, el maquillaje. La Barbie no tuvo infancia; nació con pechos, curvas, ropa audaz y para todas las ocasiones; con Ken, su pareja, se mete en el jacuzzi o se va en un descapotable a jugar tenis. Olvidados quedaron los jacks, los rompecabezas, saltar soga, el juego de té y las muñecas lloronas, regordetas y blanditas.

Tal vez sumidos en permanentes torbellinos de escándalos, protestas y una cotidianidad cada vez más compleja, se desatiende la formación de los niños. Las señales del deterioro juvenil son claras: aumenta la delincuencia en menores, la deserción escolar, los embarazos precoces, las enfermedades de trasmisión sexual. Lo que mal empieza, mal acaba. “Lo que se les dé a los niños, los niños darán a la sociedad”, Karl Menninger, psiquiatra norteamericano.

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