DERROCHE DE MILLONES

El paraíso de las serpientes: Juan Méndez S.

En un pasaje de la magnífica obra de Joseph Conrad, Nostromo, el joven ingeniero inglés Charles Gould y su esposa, recién llegados de Inglaterra a las montañas tropicales de Costaguana, país ficticio de América Central, se detienen ante una preciosa caída de agua escondida entre el fastuoso bosque selvático. A lo que los jóvenes esposos avistan extasiados el insólito paisaje, don Pepe, su guía local, se les acerca y susurra: “Contempla usted el propio paraíso de las serpientes, señora”.

El significado alegórico de la frase no me pudo pasar inadvertido. No en vano hay quien señala que la novela, publicada en 1904, está inspirada en Panamá. De hecho, la visión de Conrad parece no haber perdido vigencia.

En efecto, ¿qué mejor símil para referirse a un país real, actual, centroamericano, que tras un frondoso e impresionante PIB esconde la serpiente de la alienación de la clase media trabajadora, del campesino, del pequeño comerciante, del obrero, del maestro, del pobre? ¿Qué mejor manera de representar a un país con un gobierno que derrocha miles de millones en carreteras que terminan en grandes cuellos de botella, en armas para militarizar a la policía, en viajes extravagantes y absurdos, mientras la población no cuenta con servicios médicos adecuados ni con escuelas ni con jueces honestos que no se vendan?

Posiblemente, para algunos es un paraíso encontrar un país donde las altas torres de oficinas y condominios crecen como la psoriasis, donde los millones mal habidos encuentran cordial bienvenida en las suntuosas oficinas de algunos selectos abogados y bancos, donde se puede hacer muchísimo dinero muy rápido si se cuenta con la manera de participar a quienes gobiernan, donde la justicia tiene un precio viable, donde todo se compra y todo se vende.

Pero ya apuntaba también Lady Macbeth que detrás de la inocente flor vive la peligrosa serpiente. En nuestro caso, vive la serpiente del debilitamiento de las instituciones democráticas del país. La serpiente del irrespeto por el orden jurídico y por las personas, en especial de aquellos de menor recurso. Vive la serpiente del total desprecio por crear los fundamentos de un orden social justo y preocupado por los desabrigados. Detrás del paraíso de los grandes negociados vive la serpiente de la codicia salvaje, de la corrupción institucionalizada, del militarismo puro y duro, de la mendacidad cotidiana.

Yo creo que es hora de impugnar la entelequia cruel que este gobierno nos ha creado con el argumento de un suculento PIB que lleva 20 años de inexpugnable crecimiento, y con el espejismo de grandes obras extraordinariamente sobrevaloradas con fines execrables. Es hora de retomar el devenir del país con ideas claras y con panameños honestos. Es el momento de discernir a la inocente flor de la serpiente que yace tras de ella. Los panameños tenemos que reparar en la observación de don Pepe a los incautos Gould. Porque de no ser así, el veneno de la serpiente acabará con este país mientras contemplamos atónitos el verdor del bosque.

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