EL MALCONTENTO

La peculiar (gen) ética de los contrapesos: Paco Gómez Nadal

Pocas veces hay un día para agradecer a los contrapesos su existencia. Ayer fue uno de ellos. Los contrapesos, según me repite mi compañera en cada paso, son esas personas que evitan que la humanidad termine de perder el rumbo; son aquellas y aquellos que nos permiten, aún en tiempos de cólera y debacle, mirarnos al espejo como especie y no sentirnos tan ruines, tan pobres de alma, tan violentos.

Siempre me he preguntado qué hace que alguien sea contrapeso, qué provoca esa entrega al resto de la humanidad, a la protección de las otras y de los otros, a jugarse a veces la vida por un sentido tan alto de la justicia, de la equidad... No hay una sola respuesta. Lo entiendo mejor en la gente de fe: su Dios, o su sentido de Dios, mueve sus pasos e impulsa el deber moral en el que enraízan su trabajo con comunidades o personas individuales. Pero hay muchas otras personas que no tienen ese asidero. Imagino que hay un llamado también, uno profundamente humano, que puede prescindir de la fe para anclarse en el compromiso, en el convencimiento de que cada uno, de que cada una, jugamos un papel único en este preciso instante de la historia.

Es imposible que entiendan a los contrapesos quienes ansían fortunas o reconocimiento, quienes viven en la triste carrera competitiva de la búsqueda de victorias. Los poderes y los poderosos siempre piensan que tras los contrapesos hay intereses ocultos, salarios no confesados, influencias políticas espurias... No entienden nada y por eso tienen miedo a los contrapesos.

Imposible pedir a este Gobierno de Panamá –a sus manzanillos y a sus corifeos– que sean sensibles ante el imprescindible papel que juegan los contrapesos para que una sociedad tan inequitativa e injusta como la panameña no encalle en los pedregales de la violencia. Imposible si quiera pedir respeto. Tampoco es fácil que los organismos internacionales lo entiendan. Hay funcionarios de Naciones Unidas o de otras instituciones que sí son conscientes, que ayudan y defienden, pero la mayoría trabaja en función de metas e indicadores y resulta, por increíble que parezca en estos tiempos neopositivistas que vivimos, que los contrapesos no se pueden enmarcar en categorías, retan a la lógica de los proyectos, trabajan de una forma imprevisible porque imprevisibles son las amenazas y los incendios.

Los contrapesos trabajan así, como bomberos sin uniforme ignífugo, enfrentando las rachas de viento, los cambios de dirección de las llamas, sabiendo que cuando están ahí, en medio, casi nadie los podrá ayudar.

En estos días he visto cómo condenaban a 18 años de cárcel a David Ravelo uno de esos contrapesos en Colombia, en uno de los casos de falsos positivos judiciales que no suele salir en los medios. También vi cómo la policía de México le abría la cabeza a Kuy, otro gran contrapeso, y lo dejaba en coma inducido hasta el día de hoy. He sido testigo del hostigamiento a varias mujeres y hombres contrapesos en Panamá, por defender el territorio o por proteger a los suyos... Los contrapesos son molestos.

Dice Amnistía Internacional en su último informe que los contrapesos –ellos los denominan defensoras y defensores de derechos humanos– “transforman el dolor en esperanza”. Y quizá eso es lo que yo quería expresar desde el principio.

Cuando pude disfrutar del video de homenaje a los contrapesos panameños que hizo la Alianza pro Justicia y de escuchar a personas a las que admiro, respeto y que, ante todo, necesito. Necesitamos. Dice Amnistía Internacional que “en casi todos los países de América se somete sistemáticamente a las defensoras y los defensores de derechos humanos a hostigamiento, ataques y cargos penales infundados, con el fin de impedirles defender los derechos de las personas más marginadas”. Y así es. Gobiernos, grupos criminales y paramilitares se igualan en la persecución de los contrapesos. Por eso, las sociedades deben hacer lo contrario: apoyarlos, animarlos, defender a los defensores, provocar el contagio.

Reconozco que no todo el mundo nació para contrapeso. Hay que tener una (gen) ética especial para comportarse como Félix de Lama, Ricardo Beteta, Osvaldo Jordán, Larissa Duarte, Ologwagdi, Gladys Miller, Alberto Barrow y el resto de personas reconocidas en estos días por su lucha incansable por los otros y las otras.

Larga vida pues a los contrapesos y buen contagio. Ojalá el virus del compromiso con el resto de la humanidad se riegue hasta que haya un día que el trabajo permanente por los colectivos excluidos o perseguidos ya no sea necesario. Falta mucho, pero cada día son más los contrapesos y a poco que nos apuremos se puede inclinar la balanza del lado de los pueblos.

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