CORREGIR EL CAMINO

El perdón del Presidente: Dorindo Jayan Cortez

El nuevo año se ha iniciado. Muchas serán las novedades, pero ya se presentó la primera. Tantos han sido los sinsabores vividos estos tres años y medio de gobierno que, por vez primera en la historia de este país, un Presidente se ve forzado –pienso que por su conciencia– a pedir perdón a los ofendidos debido a sus actos. Y cuando se pide, es porque se sabe que, perversamente, se ha actuado.

No olvidemos que estamos en el inicio del año preelectoral y es posible que, debido a este contexto, se escuche un arrepentimiento como ese. Sin embargo, se crea o no, consideramos que el sorprendente pedido de perdón (en su sano juicio) es el llamado de la conciencia, que actúa en nosotros con niveles de autonomía, sobre todo, ante el juicio final que le corresponderá hacer a un pueblo lastimado por las cosas malas que afectan a miles de hogares de panameños y panameñas.

Si de perdón se trata, habría que mirar, con frustración, el pasado reciente y contemplar a los huérfanos de Bocas del Toro, de la comarca Ngäbe Buglé y de Colón, cuyos padres lucharon contra la injusticia, en defensa de la tierra y el agua, y por levantar la voz contra un vulgar acaparamiento y especulación. Hay que mirar y ver qué dicen los cientos de heridos, los lisiados y ciegos, cuyo mundo es distinto tras la agresiva represión sufrida.

Este es el saldo innecesario de la prepotencia y de los intereses desmedidos que ha impuesto un gobierno, autodenominado, empresarial, pero que, igualmente, ha castigado a la clase empresarial panameña, la que no es de su círculo.

¿Y la democracia, será que de verdad se arrepienten por el daño que le han hecho a la institucionalidad del país? El abuso de poder y la compra de conciencias riñen con la ética, la moral y atentan contra la salud de la nación y de su sistema de gobierno, que debe sustentarse en el respeto, no en el chantaje.

Ahora bien, el perdón por los malos actos no solo debe contemplar el comportamiento del pasado, sino que es, o debe ser, una rectificación verdadera del actuar de cara al futuro.

Sobre esto, 2013 tendrá mucho que contarnos.

En todo caso, ojalá que este perdón presidencial detenga los antivalores con los que actúan quienes nos gobiernan. Es necesario –por lo antiético y nefasto a los intereses del país– que se detenga el despilfarro de los recursos públicos, destinado incluso a campañas que ofenden al rival político y que son antiescuelas para nuestra niñez y juventud.

Señor Presidente, creo que el pedido de perdón es tan grande como los pecados cometidos, y son tantos que, aun si los apiñaramos, con dificultad los podríamos meter en los Súper 99.

Lo cierto es que –con o sin arrepentimiento–, ante la urgencia de corregir el camino que sigue el país y ante el peligro para la subsistencia del convulsionado sistema político, es necesario que se impulse un compromiso de cara al saneamiento institucional y para que no se golpeé más a la población; de esta forma nos ahorraremos, al final del periodo de gobierno, los pedidos de perdón presidencial.

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