CRÍTICA

¿Todo está permitido en Panamá?: Amarillys Taylor Schwander

Desde hace algunos días tenemos una muestra más de la falta de diálogo que se institucionaliza entre las instancias gubernamentales, en este caso la Corte Suprema de Justicia, en la persona de su presidente, y los ciudadanos que defendemos el estatuto del cerro Ancón, que pertenece a los panameños y es un parque nacional protegido por varias leyes (la Ley 21, entre otras) y decretos municipales que prohíben la venta o alquiler de tierras situadas en este símbolo patrio.

La empresa de una persona de apellido italiano pretende construir un edificio de estacionamientos enfrente del edificio de la Corte, a sabiendas de que en las cercanías ya hay lotes que se utilizan con ese fin y que podrían habilitarse para esto. Si la ciudadanía está tan indignada, es porque esta construcción implicaría la tala de numerosos árboles, infringe la ley e implica la desaparición de ese pulmón de la ciudad que alberga a especies de flora y fauna raramente vistas en un centro urbano tan poblado.

Tanto es el descaro de los comerciantes, que en una reunión convocada por el presidente de la Corte, el propietario de la empresa constructora decidió quiénes eran las personas que podían discutir con él y presentarle sus puntos de vista acerca del nefasto proyecto. Los ciudadanos que representaban a diversas asociaciones, tanto de las áreas revertidas como de otros puntos de la ciudad, renunciaron a la discusión, pues ese señor eligió a una persona y la indignación fue tal que el resto se retiró del lugar.

Sabemos de las trastadas del presidente de la Corte, sabemos de las ilegalidades que ha cometido, de su desprecio por el diálogo constructivo y de sus ataques contra la independencia de los órganos del Estado, lo que no sabíamos es que fuera capaz, en contubernio con comerciantes y promotores, de atacar y tratar de destruir un símbolo de la panameñidad.

¿Será que estamos en un país tan corroído por la corrupción, que ya no quedan cosas dignas de respeto y de ser conservadas, como el cerro Ancón? ¿De qué sirvió tanta sangre derramada para izar nuestra bandera en este símbolo patrio, si ahora los conciudadanos de los que sacrificaron su vida, se burlan descaradamente de las leyes que protegen el área y de los ciudadanos que la defienden? ¿Hasta cuándo seguiremos soportando el cinismo y el descaro de personas que deberían defender y conservar las pocas áreas verdes que nos quedan?

Los ciudadanos conscientes del peligro destructor que nos amenaza, tenemos que reaccionar prestamente y decirle a estos personajes que ¡“Panamá no se vende”!, que hay otra manera de pensar, que no podemos poner cemento por todas partes ni construir sin reflexionar, solo para beneficiar a amigos y familiares. El país y su gente se merecen algo mejor y estamos obligados de hacérselo saber.

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