RAZONES CLARAS

La política ya no es seria: Marcelo Antinori

Cada vez me impresionan menos los políticos. Lo que no deja de ser sorprendente, pues en las ciencias, las artes y en el mundo empresarial siempre están apareciendo mujeres y hombres con ideas nuevas, interesantes y admirables, pero en la política, ¡Dios mío! Ocurre en todos los países de Latinoamérica y llegué pensar que podría ser el resultado de algún hechizo propio del realismo mágico de nuestra región.

Sin embargo, después de analizar mejor me percaté de que hay varias razones claras y concretas que explican por qué son menos los que participan de la política para contribuir con el país o la comunidad y más los que parecen estar ahí para obtener beneficios económicos personales. Obviamente, como en toda regla, hay excepciones de políticos muy honrados, pero aquí hablaremos de los otros, que desafortunadamente son la mayoría.

Puede parecer irónico, pero la primera razón es exactamente el crecimiento económico que al aumentar la cantidad de recursos en manos del sector público, atrajo más personas no-tan-serias a la política. Para entender esta afirmación empecemos por jugar un poco con los números y estimar el volumen de recursos públicos a disposición.

El producto total de Latinoamérica en un año se acerca a $5.7 trillones y si para simplificar suponemos que la inversión del sector público corresponde a 10% del producto –aunque los números varíen de país a país, esta cifra es un buen acercamiento a la realidad-, nos lleva a que los gobiernos gastan anualmente en nuevos contratos de obras y equipos algo como $570 mil millones.

Si aplicamos a esos números los “10%”, que parafraseando a un expresidente de nuestra región corresponden a lo que acostumbramos reconocer como la corrupción “en sus justas proporciones”, estamos hablando de un volumen potencial de $57 mil millones al año. Y aquí no están incluidas las coimas que pueden existir en compras de insumos para tratamiento de agua, material escolar y hospitalario, así como las relacionadas a exenciones fiscales o concesiones, lo que hace que esta estimación sea bien conservadora. Aun así esto significa que el volumen de recursos que potencialmente puede ser repartido por los políticos no-tan-serios de Latinoamérica y sus asociados correspondería a 1% del producto.

Un monto que es superior al producto nacional bruto de 25 de los 32 países de la región, donde se concluye que aunque pueda ser verdad que esos políticos no impresionan y no parecen ser muy serios, mejor es no subestimarlos, pues ellos parecen saber muy bien lo que están haciendo.

La segunda razón, otra ironía, es el desarrollo de las modernas tecnologías de comunicación social que aumentaron brutalmente el costo del proceso electoral, haciendo mucho más fácil a los políticos no-tan-serios elegirse. Las campañas pasaron a ser shows en los que la discusión de ideas fue remplazada por imágenes, jingles, fotos y viñetas publicitarias que dependen de una costosa adquisición de espacio publicitario. Eso representa una gran ventaja para los políticos no-tan-serios, pues recordemos que los serios buscan contribuciones para sus campañas “vendiendo” ideas, mientras los no-tan-serios las obtienen “vendiendo” favores. Desafortunadamente la realidad nos demuestra que hay muchas más personas dispuestas a pagar por favores que a contribuir financieramente a la implementación de buenas ideas.

Para aquellos nostálgicos que insisten en que el proceso electoral es un movimiento de masas, les recuerdo que también en la movilización partidaria los políticos no-tan-serios llevan ventaja porque pueden ofrecer a los “miembros” del partido empleos públicos, mientras que los serios buscan a los más competentes. Los que ya intentaron recaudar fondos y hacer campaña para un político serio, van a entender muy bien de lo que hablo.

Pero entender no es suficiente. Es importante indignarse y pensar en lo que podemos hacer. Lo primero es obviamente acabar con esta cultura de que existen “justas proporciones” para la corrupción. El desvío de los recursos públicos es un crimen y como tal debe ser punido. Me indigna saber que todos los años nos llevan 1% de lo que producimos y que si sumamos a todos en las cárceles de nuestra región no encontraríamos más de 10 políticos presos por corrupción.

La segunda es el fortalecimiento de la sociedad civil. Y aquí no debemos dar oídos a los políticos que se contraponen diciendo que los partidos y las elecciones son la base de la democracia. Esto es lo que les conviene; interpretan la victoria electoral como una carta blanca para hacer lo que quieran, cuando la verdad es que fueron electos para administrar bien los recursos públicos y por esto la sociedad debe controlarlos.

La tercera alternativa es un cambio en las reglas electorales que limite la utilización de recursos financieros en las campañas y aquí nuestro gran problema son ellos, quienes hacen las reglas; esos mismos políticos no–tan–serios que de ellas se benefician. Cambiarlas va a exigir mucha fuerza de la sociedad y mucha creatividad, pero si entendemos y nos indignamos, estoy seguro de que lograremos.

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