EDUCACIÓN

La pregunta americana: Elda Maúd De León

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La pregunta americana: Elda Maúd De León

El famoso psicólogo, Jean Piaget fue invitado en muchas ocasiones a dictar conferencias en reconocidas universidades norteamericanas, y de esa experiencia acuñó la frase “la pregunta americana”. Se refería a que ante la información sobre las diferentes fases del desarrollo psicobiológico del pensamiento (inteligencia), nunca faltaba quien preguntara qué se debía hacer para acelerarlo. Su respuesta siempre era la misma: ¡Nada!

Las modernas tecnologías con las cuales se puede conocer un poco más el cerebro humano autorizan a los neurobiólogos a decir que primero hay que enseñar a imaginar, a estar atento y a pensar, pero sin estímulos aceleradores. El desarrollo del pensamiento está unido al uso y movimiento de todo el cuerpo y no solo de las manos o de los ojos, así como también al contacto físico con los objetos, como lo propuso María Montessori. En esta edad lo que los niños necesitan y demandan es atención, cariño, compañía, seguridad y respeto a sus fantasías o “mentiras”, es decir, a su imaginación. Así el cerebro madura a su propio ritmo, mediante una atención más calmada que promueve la concentración.

En sus excelentes artículos, la psicóloga panameña Lizzie Brostella explica, una y otra vez, con variados argumentos, por qué no es recomendable presionar a los niños de cinco años y menos para que aprendan abstracciones como lecto-escritura y matemáticas. También insiste en recomendar diversas actividades –comprobadas científicamente– que sí participan y colaboran en el desarrollo físico y mental, entre las cuales sobresale el juego libre. Es el tipo de juego que desarrolla la imaginación y el lenguaje oral, porque no va de la mano de un adulto y mucho menos de un aparato electrónico.

¿Por qué escuelas afamadas como buenas “enseñan” lecto-escritura en kínder? En parte por la presión de los padres que pagan y lo exigen, y tal vez porque así ganan prestigio ante la población. Lo que sucede en la psique infantil parece no tener importancia alguna para los directivos, que no escuchan las objeciones de los maestros especializados en educación preescolar.

¿Por qué tanto prolegómeno para decir lo que más me interesa? Tal vez para “llegarle” a los que pueden decidir. Es esto: Me impacta pero no me sorprende la noticia sobre los millones de dólares que cuesta anualmente al Estado la repetición escolar. El mayor porcentaje de fracaso surge del primer grado, cuando el niño tiene seis años, y el menor porcentaje, de quinto y sexto grado, cuando tiene 11 o 12. Los estudios en educación de adultos demuestran que si el niño ha llegado hasta cuarto grado no se convierte en analfabeta funcional al crecer, aunque su ambiente sea iletrado.

Desde mis primeros años como maestra de primaria abogué por eliminar la repetición en primero, y lo hice en parte porque me parecía injusto que los niños tuvieran que aguantar –a tan corta edad– las burlas de los compañeritos que les gritaban repetidores o fracasados; pero también porque la experiencia docente me había demostrado que en el primer bimestre del año que repetían, los niños aprendían como por sortilegio a leer y escribir. Lo que había sucedido, en realidad, era que durante las vacaciones de verano habían logrado –de manera natural– la maduración indispensable del cerebro para comprender tales símbolos y entonces leían y escribían orgullosos de sí mismos y con alegría.

Sé de países en que el fracaso no es un componente de la escuela elemental (que puede ser de 7 u 8 grados). Infiero que el concepto de la repetición se afincó en Panamá en el período en que casi solo existía la escuela primaria y los que se graduaban eran adolescentes que pronto pasarían a ser maestros y funcionarios, por lo que el nivel de exigencia era alto.

Cada día me convenzo más de que fue un error bajar la edad de ingreso al primer grado de 7 a 6 años. Como la Básica está dividida en ciclos, creo que lo más acertado, y que tal vez sería aceptado por padres y maestros, es eliminar la repetición en el primer ciclo (I, II y III grado) y luego hacer un estricto seguimiento evaluativo en el primer año del segundo ciclo (IV grado). Esta sería una medida gradual y positiva dada la importancia que tiene cuidar la autoestima de los pequeños y porque los estudios indican que la repetición no es ninguna panacea.

Hayan sido o no repetidores, es un hecho que un número significativo de estudiantes está llegando al bachillerato sin entender lo que leen y escribiendo mal. Más razón para no dilapidar el presupuesto.

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