ESCÁNDALO DE PEDERASTIA

En primera plana: Xavier Sáez-Llorens

Mientras Spotlight (En primera plana) ganó un Óscar como mejor película, el Vaticano canonizó a Juan Pablo II como pontífice sobresaliente. Disímil manera de valorar los protagonistas de un mismo acontecimiento. El filme describe la extraordinaria investigación (Premio Pulitzer 2003), realizada por reporteros del periódico Boston Globe, que ayudó a desenmascarar el escándalo de pederastia encubierto por la Iglesia católica de Massachusetts, donde hubo ocultamiento de numerosos abusos sexuales, perpetrados por sacerdotes estadounidenses durante décadas. La cinta es sensacional en producción, actuación, argumento y mensaje. Como contraste, el papa Wojtyla, ampliamente implicado en la protección de curas pedófilos en distintas partes del mundo, fue elevado al pedestal de la moralidad eclesial. Dos formas, diametralmente opuestas, de condenar o santificar la pederastia en el clero.

Pese a los contundentes resultados de la citada investigación, el cardenal Bernard Law, figura central de la impudicia y pastor católico más influyente en Estados Unidos, participó en el cónclave para elegir a Benedicto XVI y todavía funge como arcipreste emérito de la Iglesia de Santa María de Maggiore, una de las cuatro basílicas más simbólicas de Roma. El Vaticano, además, amparó a Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo y a Luis Fernando Figari, creador del Sodalicio de Vida Cristiana en Perú, ambos violadores de múltiples menores de edad. Hubo silencio, también, por miles de niñas de entre 6 y 11 años de edad abusadas por monjas, desde mediados del siglo pasado, en el orfanato católico de Dublín y por los horrores de manipulación física del coro de niños alemán, bajo la dirección del hermano de Joseph Ratzinger, por un período de 40 años. Otro nefasto episodio mantenido en secreto, por el cardenal australiano George Pell, fue el terrible drama del sacerdote Peter Searson, quien con pistola en mano, obligó a los niños en el confesionario a arrodillarse entre sus piernas, entre otras depravaciones. La historia de cambios de feligresía y penitencias de rezo a los curas degenerados e indemnizaciones secretas a las víctimas para evitar la publicidad de los desmanes, todo cobijado por la jerarquía romana, ha sido rigurosamente comprobada. Como si todas estas aberraciones fueran pocas, un nuevo manual del Vaticano para la instrucción de obispos recién ordenados, menciona que los prelados no tienen la imposición de reportar a la policía las denuncias de abuso sexual a menores por parte de sus colegas.

Debo admitir que le tengo simpatía al papa Francisco. Su discurso inspira confianza de que la institución será reformada para bien de sus creyentes. Por ahora, sin embargo, sus declaraciones son más retórica que acción. En su reciente visita a México, por ejemplo, noticia desplegada en los medios latinoamericanos hasta niveles de intoxicación pública (los medios de países industrializados, por el contrario, destacaban el descubrimiento de las ondas gravitacionales, un evento científico de trascendencia mayúscula), Bergoglio se dedicó enteramente a fustigar la corrupción y el narcotráfico, pero obvió el tema de la impunidad de la Curia en el caso Maciel y evitó reunirse con los innumerables perjudicados por presbíteros pederastas. Pedir perdón por los errores cometidos, algo ya habitual en últimos papados, no basta. Las cúpulas católicas parecen no haber asimilado que la pederastia no es un error sino una ofensa criminal contra la juventud. Los abusados, de no suicidarse antes, quedan con secuelas sicológicas irreversibles por el resto de su vida. Nunca he entendido cómo los pediatras a nivel mundial, veladores del bienestar infantil, no exigen a las autoridades políticas que los pederastas cumplan sanciones ejemplares por el grave daño que infringen a los jóvenes afectados. Si la Iglesia católica pretende recobrar su cacareada moralidad y adaptar su discurso humanista a los tiempos modernos que transcurren, deberá remitir a los depravados a la justicia, eliminar la obligación del celibato, facilitar el camino para que haya sacerdotisas, procurar no interferir con las estrategias públicas en salud sexual o reproductiva y evitar la demonización del condón, herramienta eficaz contra infecciones severas y embarazos no deseados en adolescentes.

Hasta ahora, las investigaciones sobre pederastia y pedofilia solo han sido profundamente ejecutadas en países industrializados y en México. Debido al desproporcionado poder que tiene el cristianismo, católico o evangélico, en nuestra región latinoamericana, la indagación objetiva de casos ha sido muy tímida. Si apelamos a la cifra estimada de pederastia eclesial del 2% -4% (1% en la población general), según el rigor empleado en el análisis, resulta factible pensar que aún se esconde mucha mugre por debajo de esas sotanas. Es tal la influencia que la jerarquía religiosa ejerce en América Latina que la mayoría de nuestros países carece de un verdadero Estado laico, persiste en las evocaciones espirituales para cada acto oficial, mantiene el adoctrinamiento espiritual en las escuelas públicas, busca la bendición episcopal cuando el gobierno desea mejorar su popularidad y utiliza impuestos para financiar a la parroquia en vez de a la ciencia y cultura. Con semejante contubernio, la impunidad por cualquier acto delictivo parece garantizada.

La humanidad algún día entenderá que la religión solo sirve para que los creyentes se consuelen ante unos escenarios temibles que no preocuparían si no se hubiese inventado la religión. Como diría Albert Camus: “y si un Dios existiera, ¿para qué los curas?”. @xsaezll

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