CAMPAÑAS DESTRUCTIVAS

De la problemática a la ´negacionática´: Álvaro González Clare

Los medios de comunicación social son, para los que escuchamos y leemos las noticias, opiniones y debates matutinos, el depresivo más efectivo que podamos recibir como sociedad. Si los ves o lees en la mañana quedas devastado moralmente todo el día y si lo haces en la noche, antes de dormir, te dará insomnio.

Igual que muchos ciudadanos, percibo que hay desde hace años una campaña mediática intencional o coincidente para destruir la imagen nacional, la autoestima del panameño y, sobre todo, la esperanza de la sociedad. Al principio la palabra que mejor definía la referida campaña mediática era “la problemática”. Todo era un problema. El problema del transporte, de las medicinas, canasta básica, corrupción, inseguridad, ambiente, Carnaval, en fin, el problema del problema. Todo se critica solo por el prurito de contradecir o quejarse, indistintamente de la buena intención que pueda existir en las iniciativas públicas o privadas.

Una vez saturaron el ambiente mediático con la percepción de que todo es un solo problema, que en Panamá vive la madre de los problemas (porque problemas siempre habrá, pero soluciones también), los medios de opinión y comunicación pública han subido el tono de sus persistentes críticas a la escala de lo negativo.

Ahora todo es negativo, además de ser problema, todo es malo, lamentable o, sencillamente, un desastre. Ahora la palabra que define y resume la actual campaña mediática es “la negacionática”. La campaña es darle a los panameños palo porque bogamos o palo porque no bogamos, como dice el proverbio.

Quien no conoce Panamá, que venga pronto antes de que se acabe, como se decía de nuestro país a finales del siglo XIX, cuando aún era un departamento olvidado de la Federación Colombiana. En aquel entonces era una campaña de intrigas internacionales comprensible para liquidar la iniciativa patriótica de los istmeños, que convenía los grandes intereses de las potencias mundiales que pretendía el dominio territorial para construir el Canal Interoceánico. Mientras más pobre era la moral y la autoestima de los panameños, más fácil sería destruirnos o colonizarnos. Pero, ¿a qué obedece ahora la terrible campaña de destrucción sistemática de nuestra nacionalidad o personalidad social? ¿A quién o quiénes les conviene que los panameños se les demuela la autoestima nacional y se desmoralice nuestro amor propio? Podría especular sobre la respuesta, pero esto no es la intención del artículo.

Ahora que hemos logrado la integridad territorial con la reversión del Canal y su exitosa operación confiable y lucrativa, que eliminamos la dictadura para restablecer la democracia, fortalecer el sistema bancario y sostener competitiva la zona libre, convertir a Tocumen en el hub de las Américas, transformar las bases militares en centros académicos o de desarrollo (como hicimos con la Ciudad del Saber y la zona económica de Howard), ampliar el Canal para tener el tercer juego de esclusas, duplicar el turismo, construir el metro, adecuar la red vial nacional y mantener el crecimiento del PIB en franca bonanza económica, la imagen internacional de Panamá es hoy día, en la región, un lugar especial que, ciertamente, no se refleja en la percepción que pretenden proyectar localmente los medios de comunicación pública. Así lo ven los cientos de turistas que llegan a visitarnos y los extranjeros que vienen a invertir en Panamá o a establecerse para vivir y trabajar. Tampoco lo ven así las empresas multinacionales que han puesto en Panamá sus centros de operación regional para América Latina. Los únicos que no logramos ver esto somos los panameños desinformados diariamente por los medios de comunicación social.

La campaña de distorsión mediática es aún peor, más perversa y sistemática con la opinión de un grupo de articulistas nacionales y extranjeros, con buena pluma, que se dedican a criticar y ridiculizar nuestra república, al Gobierno y a todo lo que somos como sociedad. Si sumamos a esto la aberrante postura negativa de las asociaciones, sindicatos y federaciones populares que se oponen a toda iniciativa privada o pública, solo porque les interesa para su propio consumo desvirtuar lo establecido para destruir el sistema democrático y de libre empresa. Si le agregamos a esta situación variopinta la participación de la oposición político–partidista, con su discurso de antipropuesta permanente a toda iniciativa del gobierno nacional, tendremos como resultado una realidad mimetizada y distorsionada que, a mi juicio, ya deja de ser una simple percepción.

Vivimos inmersos entre “las problemáticas y las negacionáticas” que solo conducen a permanentes discusiones estériles, cada vez más ensañados en posturas irreconciliables, que solo elevan los ratings de los medios de comunicación social. El gran perdedor en estas luchas intestinas, que nada resuelven, es la población en general que cada vez esta más desinformada, confundida y frustrada.

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