PUNTA COCO

Una propuesta errada: Rolando Anguizola B.

Pienso que si Dios bajara del cielo para habitar en algún paraje del planeta Tierra, elegiría a Panamá y, con la humildad y la majestad que le es propia, señalaría a Punta Coco como su nueva morada, porque el sitio es un paraíso terrenal.

Este lugar de ensueño, con suaves vientos y playas de arena dorada, es el refugio de pescadores que llegan a sus costas para recuperar fuerzas y saciar la sed gracias al agua de los cocoteros que crecen lozanos, como toda la ubérrima naturaleza que se observa hasta donde alcanza la vista.

Punta Coco se ubica en la bahía de Panamá, en el extremo sur de la isla del Rey, la mayor del archipiélago de Las Perlas. Tiene un gran potencial turístico y pueblitos pintorescos a la espera de esa bolsa generosa e inteligente del desarrollo que debe llegar por obra del Estado.

Está muy cerca de la ciudad capital. Si se viaja en lancha se ubica a una distancia aproximada de 60 millas náuticas; si el viaje es por avión se llega en un abrir y cerrar de ojos a la pista del aeropuerto militar que los estadounidenses construyeron durante la II Guerra Mundial, y que hoy día está en manos del Servicio Nacional Aeronaval, ente que provee asistencia y vigilancia en el sur del archipiélago y en la costa darienita, ruta predilecta de la narcoguerrilla.

En Punta Coco hay asentamientos humanos como La Esmeralda y La Ensenada. Además de los isleños, el área es refugio y sustento para los pescadores de El Chorrillo, La Playita, Boca la Caja, Panamá Viejo, Coquira y otros puertecitos pesqueros más alejados como los de Aguadulce y Pedasí, cuyos marineros artesanales navegan en chingos y logran una pesca prodigiosa de corvinas, pargos, meros, sierras y dorados, entre otras especies.

El lugar también tiene renombre porque sus lagunas de agua dulce son criaderos de patos salvajes, como el guichichí, otras aves nativas y especies migratorias que, por millones sobrevuelan la zona y forman figuras que opacan la belleza misma del cielo.

El espectáculo veraniego atrae garzas, cormoranes, pelícanos, paticuervos y tijeretas que engordan gracias a los abundantes cardúmenes de sardinas coloradas y anchovetas que también son el manjar de los delfines y las ballenas, que para esta época se avistan a diario, atraídas al golfo de cálidas aguas y abundantes comederos para sus crías.

Sin embargo, no es difícil destruir la obra divina. Así, algún personaje ignorante, mal informado o mal intencionado, al parecer, aconsejó y convenció al presidente Juan Carlos Varela de que al gobierno le conviene construir una cárcel de alta seguridad en Punta Coco. Los fantasmas de Coiba, Alcatraz, Islas Marías, Zanzíbar y de Papillon, en la isla del Diablo, están pendientes de su última palabra.

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