DESARROLLO PARA TODOS

La prosperidad que nunca se acaba: Roberto Alfaro Estripeaut

Cuando era pequeño, mi padre, ingeniero civil, inició una pequeña empresa de materiales de construcción que vi crecer con pasos firmes hasta convertirse en una compañía importante en el país. A.J. Alfaro representaba a reconocidas marcas extranjeras de aceros, soldaduras, químicos y aditivos, entre otros.

La ubicación de su oficina en el corazón del barrio de El Marañón me permitió, desde muy joven, conocer la realidad social del país. Luego, ya como adolescente, los sábados y durante mis vacaciones ayudaba a los empleados a acomodar barras de acero en el depósito y a repartir materiales en un viejo pick-up Ford. Hoy esa extraordinaria experiencia de trabajo que viví sería considerada explotación de menores.

El crecimiento en las ventas forzó a mi padre a aumentar inventarios y a buscar mayores instalaciones, y obligó a la empresa a suscribir un crédito bancario importante, a mediados de la década de 1980, lo que pronto se convirtió en una pesada carga al descender las construcciones en el país y al aumentar los bancos hasta 20% las tasas de interés.

Las crecientes manifestaciones callejeras en contra del régimen de Noriega no permitían levantar las ventas, y mi padre se lamentaba por haber invertido más de lo que su patrimonio le permitía; en pocas palabras, su próspero negocio se convirtió en una pesadilla hasta el día de su muerte.

Hoy veo con preocupación un guacho similar cocinándose en este querido país, porque gozamos de bonanza económica, las entidades crediticias anuncian préstamos en condiciones nunca vistas, el Gobierno aumenta la planilla, sus gastos generales e inversiones.

Para mí, tanto el Estado como la empresa privada e incluso los ciudadanos se endeudan muy por encima de sus capacidades, sin pensar que la economía se puede desacelerar en cualquier momento, los intereses subir y las ventas o salarios estancarse.

Sin embargo, Panamá se ha convertido en un país muy próspero y es la envidia de nuestros vecinos, en gran parte porque después de la invasión de 1989 tomamos la decisión de abrir nuestros mercados, invertir en infraestructura necesaria, atacar la corrupción, reducir la burocracia, atraer la inversión extranjera, ofrecer incentivos para producir más y fortalecer la democracia. No deja de asombrarme ver cómo 20 años más tarde echamos para atrás, como el cangrejo, porque se reducen los incentivos a la inversión, se aumentan las regulaciones, se ponen mayores controles estatales, se acrecienta la burocracia, se aprueban nuevos impuestos –a diestra y siniestra–, hemos duplicado la deuda externa y la privada, y en vez de fomentar la producción, creamos subsidios.

Percibo, al igual que el 80% de la población, una corrupción galopante. Legislamos para el ciudadano honesto, pues los maleantes circulan libremente, y peor aún, hemos perdido la credibilidad en las instituciones públicas.

No creo necesario tener que explicar lo que nos sucederá de seguir en este rumbo desenfrenado. Pienso que estamos a tiempo de corregirlo y dejar atrás la política de hacer en cinco años lo que no se pudo desarrollar en 100. Tomen unas horas y repasen las verdaderas causas de la crisis en Estados Unidos y Europa y pongamos nuestras barbas en remojo para que no nos suceda igual.

Con un poco de visión a largo plazo, prudencia en el gasto e independencia de las instituciones, los gobiernos pueden continuar con pasos seguros por muchos años, creando una prosperidad que no se acaba, para así lograr que finalmente le llegue ese desarrollo a todos los ciudadanos.

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