ANTIVALORES

Tú no puedes comprar el Sol...: Javier Barrios D.

El albañil de mi casa, toda una vida (¡que no fue mucha!), falleció intoxicado dentro de su auto, motor encendido y ventanas arriba. Su hijo mayor, en las palabras de agradecimiento en el sepelio expresó: “Yo veía que mi papá tomaba mucho, y me parecía que eso era bueno, veía que tenía otras mujeres, y me parecía que eso era bueno; sencillamente, porque mi papá era lo máximo... el rey”.

Y es que los hijos son una esponja, asimilan (casi) todo lo que hacen y dicen sus padres, quienes terminan culpando a las malas amistades de los problemas que después afloran en sus engendros, menos mea culpa. Así es como anda el mundo.

Nunca antes en este país (eso creo) se había ofendido tanto a la inteligencia ni la compraventa de conciencias había experimentado auge similar; y no me refiero a las elecciones populares, en las que siempre (antes y ahora) se han comprado votos, sino al mercado persa en que se ha convertido nuestra “ilustre” Asamblea Nacional, nuestros representantes de corregimiento, funcionarios, dirigentes, etc. Como dice la cuña de la basura: “¡tú me das asco!”. Mi paisano, el honorable diputado, políticamente nació Pala; luego, como el PRD, cuando el Toro, le aportó una avalancha de votos, se mudó a esa tolda; vino doña Mireya y lo recogió, y ahora se metió, así como es de gordito, en un CD. Hay una galena, que primero fue verde, luego chocolate (¿se acuerdan de estos?), después Morena (¿recuerdan ese, dizque partido?), no estoy seguro si vistió el tricolor panameñista y ahora se pintó de los colores no muy coordinados (como su dueño) del CD. Estos son, entre otros, los pioneros del transfuguismo político moderno.

Si decidiéramos describir los saltos olímpicos de todos los tránsfugas de ahora, la novela sería candidata fuerte al Nobel de Literatura, pero como no nos interesa, lo dejamos hasta allí.

Lo que ocurre es que los antivalores que recibes de niño permanecen hibernando en las “esponjas”, como las bacterias, como las enfermedades hereditarias o que afloran por predisposición, esperando el detonante, el ambiente propicio para despertar. Ya grandecitos (¡físicamente!), convertidos en políticos, solo necesitan la oportunidad para mostrar el cobre.

Estos especímenes se han tomado muy en serio a Maquiavelo (“el fin justifica los medios”) y lo que aseveran los cristianos (eso creo), que robar para no morirse de hambre, no es pecado, y no estoy insinuando que roben (¿?), sino que no comulgan con los principios y valores fundamentales que requiere un país que aspira a pertenecer al codiciado club del primer mundo. Pero es que uno se acostumbra tanto a vivir con el problema, con la mentira, con el pecado (si así quieren llamarlo), que termina por considerarlo como algo muy normal, a tal punto, que los bichos raros, los perdidos, los locos, no somos más, sino los menos. Mi hija (ahora lejos de la patria) me ubicó en la internet la canción Latinoamérica, del grupo musical puertorriqueño, Calle 13... ¡Qué profunda!, ¡qué genialidad! ¡Qué forma más hermosa de protestar! y de decirnos, así es Latinoamérica, eso eres tú. Gracias, Calle 13, gracias hija; parte de cuya letra transcribo a continuación: “Soy lo que me enseñó mi padre, el que no quiere a su patria, no quiere a su madre... soy mano de obra para tu consumo...”. Es evidente, que si hay algo que aprendió muy bien Mr. 99 fue a comprar, a vender y a ganar, pero como sigue diciendo la canción, “Tú no puedes comprar el viento, tú no puedes comprar el Sol, tú no puedes comprar la lluvia...” y así continúa el pregón: tú no puedes comprar el calor... las nubes... los colores... mi alegría... mis dolores...”. “...la Tierra no se vende...”, y tampoco muchos panameños, unos ya conscientes y otros que se harán eco de esta canción, la cual, ya casi al final, dice, “...uno perdona, pero no olvida...”.

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