IDENTIDAD

Sobre el ser, el quehacer y otros demonios: Alba de Obaldía

Hay realidades respecto a la sociedad panameña que a muchos ciudadanos nos incomoda aceptar. Por ejemplo, que nos perciban como un paraíso fiscal, que nos digan que no leemos, que culturalmente estamos retrasados respecto a otros vecinos latinoamericanos, que nos tilden de ser una sociedad altamente consumista y que, para variar, últimamente coquetea con tendencias xenófobas preocupantes, entre otras.

Por nuestras calles, sin aceras, surge un nacionalismo extraño que busca todo tipo de justificaciones para protegerse. Reaccionamos de pelea contra el mundo, enarbolando, en muchos casos, el pabellón nacional y, ante la crítica, nos unimos.

Aunque sea para subsanar nuestro ego herido, aprendemos a entonar al unísono el mismo discurso.

Irónicamente, ocurre el fenómeno contrario cuando se nos insta a defender a un grupo étnico minoritario y su estilo de vida; cuando se nos busca para apoyar iniciativas individuales encaminadas a generar un cambio social profundo o a proteger nuestro patrimonio cultural y nuestros recursos naturales, explotados y en vías de agotamiento.

Ignoramos que se nos desmorona la mentada identidad cada vez que se cae un museo; cada vez que alguien no recibe atención médica digna; cada vez que nos hacemos de la vista gorda ante la demolición de vecindarios con valor arquitectónico; cada vez que exigimos la dimisión de profesores que no pasan a nuestros hijos, a pesar de que no estudien, y cuando dejamos que las termitas se alimenten de los libros en nuestras olvidadas bibliotecas.

Esa identidad tricolor, con dos estrellas, exhortada por las trasnacionales, eufórica y agresiva, que es roja en el campo de juego durante 90 minutos; que une a dos grandes masas continentales, conectando un océano con otro, vive en un estado de negación permanente, ante todo lo que no pueda entender.

Y lo hace, a pesar de que esto implique renegarse a sí misma y a su contraparte, esa que huele a fogón, que anda con sus muertos al hombro, clamando justicia; esa que a partir de la sed de conocimiento se reinventa; la que sueña con una sociedad más equitativa y, por eso, enaltece nuestra diversidad cultural; esa que en vez de huir de la crítica la busca, desesperadamente, porque entiende que solo aceptando las miserias de su presente y su pasado, puede hacer algo al respecto y mirar hacia delante, con dignidad.

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