MANCUERNA

El regreso del neo colonialismo

Empiezo por reconocer que soy miembro del PRD, pero hoy escribo solo como panameño. No soy figura de amplio reconocimiento, pero el suficiente para aseverar que jamás se me ha conocido como comunista o antiyanqui. Además, no es sobre mí este artículo (Dios me libre de semejante egocentrismo) sino sobre el ignominioso episodio protagonizado por Ricardo Martinelli y Juan Carlos Varela la semana pasada en la residencia de la embajadora de Estados Unidos ante Panamá.

Admito que a la fecha abrigo dudas de si, fraguar una alianza bajo el aparente amparo de la embajada, en vivo y a todo color, fue producto de la impericia política de ambos o una decisión ex profeso.

No impugno necesariamente el derecho que podrían tener de aliarse (dejando a un lado los descarnados epítetos que se han endilgado).

Tampoco cuestiono el cinismo de Martinelli cuando asevera que representa un cambio, a pesar de que la impronta de su campaña está marcada por una execrable demagogia y su inconsecuencia hacia los hechos (condenando por ejemplo de manera sumaria al hermano de Balbina sin que tan siquiera se hayan deslindado las responsabilidades del caso).

De paso, huelga explicar por qué estas evidencias tiran por la borda cualquier esperanza o ilusión de que Martinelli pudiera erigirse como un presidente honesto, ecuánime, capaz de empinarse por encima de la mediocridad y las pequeñeces, como corresponde a un verdadero líder nacional.

Me refiero en este caso a la afrenta a la cual someten a las bases de sus partidos; más grave aún, al vejamen al que subyugan al resto de los panameños dignos que abrigan un mínimo de aprecio por su país y su democracia. Digamos que su irreverente falta pudo ser una acción precipitada, impensada quizá. Si Martinelli tenía, como asevera, el respaldo de la mayoría y la presidencia asegurada, qué objeto tenía hipotecar la pulcritud e independencia de su victoria. Si fue eso, solo un error, entonces los panameños dignos exigimos en el término de la distancia una explicación. Si fue un acto deliberado, todos los panameños decentes están obligados a condenar tan vil acto de injustificable entreguismo. Lo más execrable es que su decisión retraería innecesariamente al país al más odioso y periclitado colonialismo que todos pensamos habíamos superado hace décadas por vía de la negociación y la diplomacia.

Mas aún su incapacidad de gestionar cambios de manera eficaz y duradera (basado en su fracaso al frente de la CSS) permiten concluir que su hipotética presidencia no representaría avance social o económico y trastocaría esa soberanía por la cual se derramó sangre y lágrimas en este país. Habría que agradecerle que cuando menos no cometió el desplante de realizar esa reunión el 9 de enero.

Es menester que más allá de su ambición ciega de poder Martinelli sepa que aquí todavía hay y habrá siempre panameños dispuestos a mantener incólume su lucha no solo por la democracia y el progreso económico sino también por la dignidad nacional, esa dignidad que él parece tan innoblemente dispuesto a mancillar.

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