CONSIDERACIONES

La religiosidad y el Estado: Andrés L. Guillén

El humano se guía por un sistema de creencias y dudas, con las que se enfrenta a la realidad que lo rodea. Así, todos vivimos, actuamos y somos ese sistema que utilizamos para interactuar en nuestras vidas y hasta después de ella (para algunos creyentes).

La vida, incluyendo la realidad espiritual, entonces, no tiene otro sentido que el que le damos, como humanos, condicionados por dicho sistema que proviene a su vez de la sociedad en que vivimos.

Esto incluye el concepto de religión, que ha evolucionado históricamente del miedo a la soledad y de ese afán humano de unirse a un bien deseable y estable que, en su etapa infantil, es un padre (o madre) protector (a), y en su madurez es la fuente de toda existencia.

La evolución de ese amor a Dios ha tomado formas distintas, teístas y no teístas, para expresarse como religión. Las monoteístas (cristianismo) o politeístas (hinduismo) y las no teístas (budismo o taoísmo) siguen normas filosóficas y teológicas para captar esa unidad con Dios.

La diferencia es que en el caso de creencias orientales esa unidad se logra mediante una forma correcta de vivir, con actos que transforman al ser humano; mientras que en religiones occidentales y del Medio Oriente, esto se hace a través de una fe ciega a los principios dogmáticos que, desafortunadamente, llevan a la intolerancia.

¿Cómo encajan estas consideraciones con la religiosidad del panameño y su Estado? En su gran mayoría, los panameños son cristianos (católicos y protestantes), con una minoría de comunidades judías, musulmanas, hinduistas y budistas, entre otras. Según una encuesta elaborada en el 2014, casi el 80% de los ciudadanos se consideraba “religioso”, pero el porcentaje de sacerdotes y monjas panameñas siempre ha sido muy bajo, lo que no se compagina con esa estimación.

Esto quiere decir que nuestra religiosidad supone una dimensión psíquica bastante comprensible en nuestra historia, que une a los panameños por lazos de sangre y suelo. Al principio, estuvo ligada a la naturaleza, como creencia de los pueblos originarios; después, a la doctrina católica, como súbditos de la corona española y, finalmente, como ciudadanos de un Estado democrático.

La Constitución de 1972 y sus reformas, tras invocar a Dios, es religiosamente neutral; no reconoce ninguna religión como oficial ni establece la libertad de cultos, solo dice que “se enseñará la religión católica en las escuelas públicas” (Art. 107). Otros tres artículos más mencionan la palabra “religión” (19, 45, 139) para condicionar actos públicos, lo que permite clasificar a Panamá como Estado laico, pero no aconfesional.

Lo cierto es que, constitucionalmente, no se expresa taxativamente una separación entre Iglesia y Estado, presente en muchas constituciones influenciadas por la reforma protestante del siglo XVI y por las revoluciones francesas y estadounidense del siglo XVIII.

Por eso, es dudosa la reacción, cual altivos centinelas, de algunos críticos por la religiosidad del presidente Juan Carlos Varela y su uso de fondos públicos para reparar iglesias católicas en el Casco Antiguo capitalino. Al dar la espalda a este acto, noble y generoso, ellos solo muestran una sensibilidad bastante primitiva.

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