Una rendija de vida

Otra vez me siento inquieto, angustiado, lleno de las dudas y temores que me atenazaron, y huérfano de confianza en la buena fe de los demás

Alberto B. Conte Una rendija; eso era lo único que quedaba abierto entre las risas, el sudor de los afanados, el correr de automóviles, las charlas de amigos, los pleitos hogareños, el bullicioso diario vivir del mundo exterior y la soledad de mi calabozo.

Ella era mi despertador, mi gallo mañanero, mi diana, mi comprobación de que lo vivido no era un sueño, o de que no había muerto. Era el resplandor que quedaba de un ideal que, convertido en bandera, se lanzó a calles y avenidas, plazas y comercios, ciudades y pueblos gritando: “¡Libertad, libertad!”.

Por aquella abertura, si alargaba el cuello y empujaba mi mejilla contra los barrotes, podía divisar la copa de una palmera real que cimbreaba sus pencas cual verdes llamaradas al viento. En alguna ocasión vi languidecer alguna de ellas y, finalmente, apagada, desprenderse la antes altiva penca, sin poder ver dónde caía.

En otros momentos, ese ojal de la realidad abría un luminoso escenario para exhibir las danzas de algunas bandadas de aves multicolores que cruzaban el ángulo de mi vista, haciéndome sentir que, en mi encierro, mis alas entumecían.

El calor de los meses finales de año entraba por ese agujero y se guardaba conmigo. Más de una vez creí mojarme con las aguas torrenciales que en esa época veía precipitarse cual catarata urbana, previa presentación exclusiva del teatro de las nubes que, cambiando de formas, colores y posiciones, entretenían mi aislamiento.

No faltó alguna vez el desfilar, frente a esa fisura, de cuerpos macilentos cargados de rostros tristes, taciturnos y ausentes, desde no sabía dónde, hacia menos sabía qué, pero que dejaban la suficiente estela de humanidad para oírlos, elevarles un saludo y aliviar un poco la terrible soledad.

Las más de las veces, ante esa brecha sólo se mantenía el inhóspito muro gris, chorreado de años, mostrando la fiereza de la nada y la fuerza de la sinrazón. Su altura no resultaba imponente sino humillante y sólo percibía su dureza como un rebotador de esperanzas, lleno de gritos de dolor y angustia incrustados en su impávido volumen.

Al final de esas horas, colgado de mis barrotes y mis sueños, cuando se iba tapiando de oscuridad el túnel que me mantenía aún unido a la ansiada libertad, con los ojos enrojecidos por la luz, o por las lágrimas, me tiraba en mi camastro a devorar lecturas o a escribir notas y sentimientos, hasta que los rayos del nuevo día rasgaban las tinieblas y aquella hendidura se volvía a llenar de la vida que yo no tenía.

Conmigo, los años salieron del encierro y todavía me acompañan; pero aún hoy, en mis sueños, se abre aquella rendija que me mantuvo con deseos de vivir, repleta de las esperanzas de ser libre; pero no logro distinguir aquellas estampas que me acompañaron sino nuevas formas de injusticia, de indolencia ciudadana y mal uso del poder. Y otra vez me siento inquieto, angustiado, lleno de las dudas y temores que me atenazaron, y huérfano de confianza en la buena fe de los demás, deseando cerrar de golpe la antes promisoria ventana de felicidad.

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