COMARCA NGÄBE BUGLÉ

La pobreza crítica tiene residencia: Miguel Antonio Lee Ho

Desde hace algunos años, la calma del país fue alterada en ocasiones por diferentes protestas de los ngäbe buglés en contra del aprovechamiento de sus recursos comarcales.

Muchas de estas manifestaciones fueron severamente reprimidas por las autoridades del orden público. Por ello, a estos grupos se le percibe como poco propensos al diálogo, confinados mentalmente en su propia cultura, y poco dispuestos a ser partícipes activos, junto a otros grupos, en la construcción de la nación panameña.

Su percepción de discriminación lleva a la autoexclusión, es un círculo vicioso.

Lo irónico es que el desarrollo económico requerirá más recursos naturales y, con la situación actual, a futuro serán inevitables nuevas confrontaciones similares, por lo que se hace imprescindible prevenirlas y gestionarlas en beneficio de toda la sociedad.

Para ello, debemos determinar el porqué de estas actitudes indígenas tan radicales. Recordemos que todos los pueblos originarios (incluyendo los casi 300 mil ngäbe buglés) constituyen más de medio millón de habitantes o el 13% de la población panameña, un porcentaje importante. Están constituidos por ocho culturas, agrupadas en cuatro grupos indígenas y pertenecientes a cinco comarcas.

Se les concibe como culturas cerradas (en mayor o menor grado) al contacto con el mundo exterior y que miran solo por sus propios intereses, pero nos preguntamos ¿por qué esperar que confíen o se abran al mundo exterior, si sus experiencias y referencias de contactos externos, los pasados 500 años, han sido de invasiones, esclavitud y servidumbre?

Por lo anterior, su desconfianza está validada por experiencias ancestrales y sus propias creencias precolombinas de dependencia en los dioses de la naturaleza y no en los hombres.

Cierto que eso fue hace muchísimo tiempo, y que deben madurar y vivir en el Panamá de la época moderna. Pero, desde que hay estadísticas del país, los indígenas siempre han sido registrados como los más desposeídos y relegados por los gobiernos. No olvidemos algunos de los hechos que llevaron a la proclamación de la República de Tule, en 1925.

Paradójicamente, mientras se discutía el futuro de la hidroeléctrica de Barro Blanco, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo publicó el Atlas de desarrollo humano local: Panamá 2015.

En dicha publicación oficial de la ONU se evidencia que las comarcas de los grupos originarios (en particular los ngäbe buglés) están en el mismísimo fondo del barril de la sociedad, tanto en términos del índice de desarrollo humano y del índice de pobreza multidimensional. Es decir, actualmente para ellos nada ha cambiado con respecto a los pasados 500 años.

Lo anterior nos indica que hay elementos para comprender su actitud, lo que nos permitiría elaborar estrategias de interacción, a fin de prevenir futuros conflictos, en la medida que el desarrollo económico del país requerirá la incorporación de los grupos originarios y de los más importantes recursos naturales aún sin explotar (mineros, hídricos), ubicados casi integralmente en dichas comarcas.

La paz y el desarrollo futuro de Panamá requerirán que tanto la situación de pobreza crítica y de poca inclusión entre estos grupos y el resto de la sociedad panameña sean solucionadas mediante proyectos y acciones efectivas y tangibles.

Estas acciones y proyectos deben incluir, respetar y promover su incorporación a la sociedad mediante una educación, que también incluya formalmente las lenguas y costumbres autóctonas indígenas (por ejemplo, en el Tíbet los niños estudian en la escuela tanto el lenguaje chino como el tibetano).

Establecer programas para que estos grupos sean recipientes de los frutos del desarrollo económico, y que los futuros proyectos que se ejecuten especifiquen cómo se van a beneficiar directamente los pueblos indígenas de cada proyecto nacional que se establezca en las comarcas.

Extender la mano e incluir, plenamente y como parte necesaria, a estos grupos en la sociedad moderna panameña contribuirá a la estabilidad presente y futura del país, al sentirse acogidos, partícipes y con voz en el poder y decisiones nacionales, y no como hasta ahora olvidados en el fondo del abismo, según lo indican las mediciones de la ONU.

Las revueltas indígenas, más que constituir gritos de protesta, son gritos de auxilio para remediar una injusticia histórica que aún persiste en el siglo XXI.

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