NATURALEZA POLÍTICA

Todos sabían que venía el lobo: Dicky Reynolds O´Riley

Escribo este artículo sin el ánimo de festinar lo que era un presagio en política, y menos con el afán de sacarle filo a elucubraciones, especulaciones o teorías acerca del acontecimiento infausto del deceso en condiciones desconocidas de cualquier persona, con sus virtudes y defectos. Nadie puede arrojar la primera piedra para cuestionar la pérdida de una vida. Rasgarse las vestiduras en estos aciagos momentos tampoco es lo ideal. Mi intención es dejar ver que se juntó el hambre con las ganas de comer: política y delincuencia.

Es como el cuento que anunciaba la llegada del lobo, la violencia se hizo evidente. Los ciudadanos escépticos siempre tienden a etiquetar a los políticos como individuos de dudosa reputación que tratan de granjearse la simpatía so pretexto de buscar el bien común, cuando en cambio lo que buscan son sus intereses personales maquillados como sociales. Por ello surgen iniciativas, como la sociedad civil, que los cuestionan.

La sociedad panameña se ha visto afectada por la delincuencia organizada, entiéndase bandas, pandillas y clanes. Los partidos no tienen como norte prescindir de esa clientela que representa un factor de poder y hacen gala de ello. Bajo la premisa de que el voto es universal no se le puede negar la participación política a ningún sector en la sociedad. Me pregunto, ¿cómo serán las elecciones en nuestros recintos penitenciarios?

Están tan de lleno en las estructuras partidarias, que algunos sirven de conductores, escoltas, cobradores, extorsionadores, tropa de choque, sicarios y financistas de los candidatos, entre ellos traficantes de drogas, estafadores y comerciantes que desfalcan al público que atiende a sus negocios y, lógico, lavadores de dinero. Esto solo en atención al delincuente visible. Hay ciertas áreas en donde se cobra peaje para que pueda operar, políticamente, el adversario del que protegen. El servicio que dispensan los criminales a los políticos se cobra con intereses por los primeros, en desventaja para aquellos que no se mueven en ese escenario. Su arrogancia es tal que parecen ampararse con patentes de corso.

Hay una compra y venta de votos en los barrios que va desde bolsas de alimentos hasta dinero en efectivo. En el bajo mundo todos saben historias del candidato, ya sea para representante, diputado, alcalde o presidente, porque en el momento electoral ellos se reúnen con individuos de esa subcultura con el argumento de que son ciudadanos que deben ser tomados en cuenta, propiciando bajo estos parámetros la relación simbiótica a la que aludimos.

No hay que llamarse a engaños, a pesar de que este grupo no es un sector mayoritario en los partidos, sus métodos son más convincentes por ampararse en la violencia y las amenazas que priman sobre lo ideológico o dialéctico.

Es falsa la creencia de que los partidos políticos son tan familiares como un club de bingo o dominó, tampoco son escuelitas que imparten clases de cívica, ética religión y moral, sin embargo, no deben ser refugios de malandrines. Sobre este tema los dirigentes de las corporaciones políticas prefieren caminar, silbar y mirar para otro lado. Contrario a lo que se piensa, hay luchas intestinas y descarnadas en esos colectivos (con tintes gansteriles condimentados con vendettas y traiciones) que no logran la cohesión interna necesaria para enfrentar a sus adversarios en las campañas electorales. Hay una máxima que dice: “Uno es útil mientras sirva”. De igual manera, el político compra las conciencias de sus adversarios y si estos se muestran renuentes, recurre a la extorsión o al chantaje. Sobrados ejemplos vemos en el acontecer criollo, amparados bajo la poca vergüenza o el temor de los tránsfugas que se dejaron seducir por las mieles del poder o simplemente se torcieron.

Un referente obligado es el señor Presidente y el rol protagónico que le hemos dado. Cargo que debe ser desempeñado a cabalidad hasta en las tareas más comunes como una figura de ejemplo para el resto de los conciudadanos. No debe ser catalogado una deidad, pero tampoco etiquetado en la categoría de rufián por sus dislates verbales, en buen panameño, “rofeadera”, que propicia la riposta en iguales términos irreverentes y gansteriles, lejos de cualquier manual de urbanidad y en procura de granjearse simpatías por su conducta que a veces limita con la antesala del delito. Esto nos hace entender que en la política, el lobo siempre estuvo allí, al acecho, disfrazado de oveja. Un secreto a voces.

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